Las palabras de Samuel dejaron a los cuatro miembros de la familia completamente atónitos.
¿Él se ofrecía a cocinar?
¿Él sabía cocinar?
El hombre se quitó el abrigo y el saco, quedándose solo en camisa blanca. Se ató un delantal a la cintura y miró a las tres mujeres y al niño.
—Ustedes jueguen en la sala. Cuando la cena esté lista, les llamo.
Los cuatro asintieron mecánicamente, al unísono.
—Ah.
Se sentaron en la sala, mirando de vez en cuando hacia la cocina, donde el hombre alto y fornido se movía con una eficiencia metódica.
Elvia se acercó a Rocío y le susurró al oído:
—Roci, acabo de descubrir que este hombre no solo es un tiburón en los negocios, sino que en casa también es guapo, amable y sabe cocinar.
Rocío también estaba realmente impresionada.
Se acercó a la puerta de la cocina para observar a Samuel.
Él se giró y le dedicó una sonrisa cálida.
—No te quedes aquí parada, hay humo. Ve a descansar a la sala.
Rocío se quedó paralizada.
Por un momento, no supo si estaba soñando o si era la realidad.
En la casa de los Valdez, siempre había sido ella la que cocinaba.
Aunque eran platos caseros, se había esforzado tanto para que a Lázaro y a Carolina les gustara que había perfeccionado el sabor de muchas recetas.
Ninguna de las cuatro empleadas de Lázaro cocinaba tan bien como ella.
Aun así, Lázaro nunca le había dicho ni un solo halago. Lo más que obtenía era una respuesta a su pregunta: «¿Te gustó?».
Lázaro asentía.
Ni siquiera una palabra.
Y ni hablar de que Lázaro le cocinara algo.
Comparado con Samuel, metido ahora en la cocina, la diferencia era abismal.
***
Una hora y media después, todas las delicias marinas que Elvia había comprado estaban servidas en la mesa, preparadas por Samuel.
Elvia lo miraba con admiración.

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