Lázaro preguntó:
—¿Ya te sientes mejor?
—Mucho mejor, Lázaro. Solo estaba preocupada por ti —dijo Mireya.
—Primero cuídate tú —respondió Lázaro.
—Lázaro, tengo algo que decirte —dijo Mireya.
—Dime.
—¿Puede ser mañana? ¿Mañana vienes a mi casa, por favor? Es algo muy, muy importante. Tienes que cancelar todo lo demás, no vayas a la oficina. Ven a mi casa mañana a primera hora, ¿sí? —El tono de Mireya era casi un ruego coqueto.
Lázaro sintió una punzada de impaciencia.
Aun así, mantuvo la calma y respondió con voz serena:
—Está bien.
—Entonces así quedamos. Adiós, Lázaro.
—Adiós.
—Papá, ¿era Mireya? —preguntó Carolina de nuevo.
—Sí.
Carolina guardó silencio.
—¿No… no te gusta Mireya? —le preguntó Lázaro.
Carolina negó con la cabeza.
—Mamá me dijo que de ahora en adelante vas a vivir con Mireya, y que tengo que quererla como antes para que los tres seamos felices. Le voy a hacer caso a mamá y seguiré queriendo a Mireya. Papá, mañana ve a verla, a lo mejor te da una sorpresa.
La niña de cinco años solo quería que su papá estuviera feliz.
Se había dado cuenta de que, desde que su mamá se fue, su papá también estaba triste a menudo.
Y como a su papá le gustaba Mireya, ir a verla seguramente lo pondría contento.

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