—Si no se me hubiera antojado aquel platillo típico, no habríamos criado a esa desgraciada de Rocío. ¡Ahora mismo voy a matarla! ¡La mato y pago con mi vida si es necesario!
Ineta tomó su bolso y salió furiosa de la casa.
—Mamá… —gritó Adolfo Zúñiga a sus espaldas, pero Ineta no volteó.
—De toda esta familia, solo tu madre y yo podemos controlarla un poco. Después de todo, la criamos nosotros. Nos debe tanto que no podría pagarlo en esta vida, ni en la siguiente, ni en la que sigue. No es algo que mil millones puedan saldar. Y en lugar de estar agradecida, viene a destruir a la familia Zúñiga. ¡Que tu mamá vaya a cantarle sus verdades no está de más! —le dijo Cristian a Adolfo.
Adolfo ya no intentó detener a su madre.
Ineta no había avanzado mucho en su carro cuando sacó el celular y le marcó a Rocío.
Justo después de marcar, se arrepintió.
Si Rocío veía que era ella, seguro no contestaría.
Sin embargo, esta vez, Ineta se equivocó.
Marcó el número de Rocío y ella contestó de inmediato:
—Señora Zúñiga, ¿en qué puedo ayudarla?
—¿Qué demonios le hiciste a la familia Zúñiga? —preguntó Ineta con dureza.
—Señora Zúñiga, yo soy solo una mujer, no tengo el poder para hacerle nada a la familia Zúñiga, pero yo…
Antes de que Rocío terminara, Ineta la interrumpió con un tono cruel y humillante:
—¡Te refieres a tu novio! ¡No, qué digo novio! ¡Samuel no es más que uno de tus tantos clientes! ¡Uno de tus benefactores que, para hacerte sonreír, está dispuesto a destruir a la familia Zúñiga! Maldita mocosa, ¿ya se te olvidó que creciste en esta casa hasta los dieciséis años? ¿De verdad no te duele? ¿Cómo puedes ser tan cruel?


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