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El Desquite de una Madre Luchona romance Capítulo 37

—Si estás dispuesta a convertirte en la empleada doméstica de nuestra familia, lavar y cocinar todos los días para mí, para papá y para Mireya, y preparar esos platillos que solo tú haces bien, entonces te perdono y puedes volver a vivir en casa —Carolina repitió su propuesta, como si quisiera asegurarse de que no había quedado ninguna duda.

Días atrás lo había conversado con su papá.

Él le había dicho que lo pensaría.

Pero cuando vio que Mireya estaba tan exhausta que terminó enfermándose del estómago, Carolina recordó el atol especial que solo su mamá preparaba para cuidar el estómago. Ninguna empleada lograba igualar ese sabor, ni siquiera en los mejores restaurantes lo encontraba.

A papá y a ella les encantaba.

Por eso, pensando en el bien de Mireya, Carolina cedió y aceptó que su madre regresara.

Rocío observó a Carolina con una mezcla de tristeza y resignación.

Si había alguien capaz de herirla hasta lo más profundo, era su propia hija. En este mundo, no existía nadie más que pudiera lastimarla así.

Y es que, cuando el dolor venía de un hijo, no tenía límites.

—Carolina, qué valiente eres —comentó Rocío, aunque sus palabras sonaron más a ironía que a elogio.

Carolina soltó un suspiro, bajando un poco la guardia en su tono:

—La verdad, todos estamos hartos de ti. No es por mala onda, pero nos molesta que siempre andes encima de nosotros. Pero si aceptas cuidar de los tres...

Rocío apretó los puños, tan fuerte que parecía que en cualquier momento iba a abofetear a Carolina.

—¡Carolina, ya no digas nada! —intervino Mireya, deteniendo el discurso de la niña.

Carolina levantó la mirada, cruzándose con los ojos de Mireya.

El rostro de Mireya se veía demacrado, pálido.

Pero, acurrucada en los brazos de Lázaro, tenía un aire de tranquilidad, de paz. Mostraba esa fragilidad femenina que, aun enferma, se sentía protegida y hasta feliz.

Con ternura, acarició la cabeza de Carolina, intentando tranquilizarla.

Luego, Mireya dirigió una mirada altiva y serena hacia Rocío:

—Señorita Amaya, que nos siga a todos lados, ya sea en el Club Nocturno Estrella, en la empresa, en la casa o incluso en el hospital, es algo que nadie entiende. Con la relación que tengo con Lázaro, él jamás se fijaría en ninguna otra mujer. ¿Por qué insiste en aferrarse, en buscarse humillaciones usted sola?

Sus palabras, lejos de sonar agresivas, transmitían una mezcla de cansancio y sinceridad. Tal vez por estar enferma, su voz no tenía filo, sino más bien ese fastidio de quien intenta despegarse de un chicle gastado que se pegó sin remedio.

Eso hizo que Rocío, por un instante, dudara de sí misma.

Pisó el acelerador con fuerza, acelerando sin mirar atrás, hasta que el sonido de un mensaje la sacó de su trance. Detuvo el carro y miró el celular. Era un mensaje de Fabián.

[Roci, ¿estás bien? ¿Cómo te sientes? Por favor respóndeme, estoy preocupado por ti.]

Rocío le llamó de inmediato.

—Fabián, estoy bien. Ya voy camino a la oficina, ¡llego lo más rápido que pueda!

Subió aún más la velocidad, casi al límite de lo permitido.

Llevaba toda la noche sin dormir; los ojos le ardían, la vista le temblaba. Y justo a una cuadra de la empresa, en medio de ese aturdimiento, terminó chocando contra un carro estacionado.

El carro chocado era un ‘Cullinan’, de esos de lujo que ni se despeinan con un golpe así.

El carro de Rocío, en cambio, quedó hecho pedazos.

Del ‘Cullinan’ bajó un hombre de traje impecable, que no tardó en gritarle:

—¿Pero cómo manejas? ¡Estoy bien estacionado y aun así logras chocar contra mí!

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