Rocío se quedó atónita.
—¿Qué dice?
—Señorita Zúñiga, ¡felicidades por convertirse en la heredera de la familia Gutiérrez! —repitió el anciano con una sonrisa radiante.
—Señor, hay algo que no le he dicho. Ya no me apellido Zúñiga. Hace más de diez meses que cambié mi apellido…
En ese momento, el celular de Rocío sonó de repente.
Pensó que era el detective privado, pero al ver la pantalla, vio que era Elvia.
Había una diferencia de siete horas entre su país e Italia. Si aquí era media tarde, en su país debía de ser casi medianoche.
Una llamada de Elvia a medianoche tenía que ser urgente.
Rocío contestó de inmediato.
—Elvia, ¿qué pasó?
—Rocío, la abuela tuvo un derrame cerebral y está en el hospital… —dijo Elvia entre sollozos.
Rocío se quedó helada.
—¿Cómo que un derrame cerebral?
Sin esperar a que Elvia le explicara, dijo:
—¡Compro el primer vuelo disponible y regreso ahora mismo!
Después de colgar, miró al anciano y dijo con seriedad:
—Señor, hace más de diez meses que ya no soy Zúñiga, ahora mi apellido es Amaya. En cuanto a la herencia de la familia Gutiérrez… supongo que dentro hay un contrato de sucesión, ¿verdad? No puedo aceptar la fortuna de la señora Gutiérrez así como así. Mi abuela está enferma y tengo que volver. Cuando ella se recupere, regresaré para hablar con usted sobre la herencia, ¿le parece?
El anciano asintió.
—Señorita Amaya, usted es una buena persona. El contrato de sucesión ya está aquí, tómelo. Así no tendré que volver a guardarlo en la caja de seguridad.
—Está bien. —Al fin y al cabo, era solo un contrato, no la fortuna en sí.
Rocío guardó el contrato en su bolso.
Compró el primer vuelo y regresó a su país.
***
Justo cuando Rocío partía, Mireya aterrizaba en el Aeropuerto Internacional Marco Polo de Venecia.
Mireya había venido en busca de una solución para la obra.
Necesitaba encontrar el despacho de arquitectos que le había vendido el proyecto para que el diseñador original le explicara por qué las vigas de carga de madera, sin importar cómo se midieran, siempre quedaban cortas.


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