Al escuchar las palabras del mayordomo, Álvaro suspiró.
—Ay…
—¿Qué le pasa, señor? ¿Por qué suspira? —preguntó el mayordomo, confundido.
Álvaro dijo con melancolía:
—La fortuna de mi familia, los Gómez, es relativamente pequeña, pero los activos de la familia Gutiérrez en el país son inmensos. Me preocupa un poco dejarle una fortuna tan grande a Mireya. Pero bueno, al menos fue a visitar la tumba de Valeria, eso demuestra que es agradecida.
—¿Duda usted del carácter de la señorita Zúñiga, señor? —preguntó el mayordomo.
Álvaro volvió a suspirar.
—Valeria la evaluó hace más de diez meses. En ese entonces, aunque solo tenía dieciséis o diecisiete años, era muy responsable. Sabía cuidar muy bien a los ancianos. La fortuna de los Gutiérrez estaba destinada a beneficiar a los ancianos sin familia de todo el país. Por supuesto, teníamos que encontrar a una joven responsable, con principios y un gran corazón. Pero…
—Siento que algo no encaja. Pero, por otro lado, todo parece correcto. La pareja de Mireya es Lázaro, y la familia Valdez es la más prominente de Solsepia, eso es un hecho. Mireya es arquitecta y diseñó un proyecto para ancianos, eso también es cierto. A los dieciséis años, pasó por muchas dificultades y pobreza, todo eso coincide. Pero la Mireya de ahora… me parece un poco autoritaria.
El mayordomo se quedó en silencio.
Tras una pausa, dijo:
—Señor, a mí me pareció una chica de buen corazón. En cuanto aterrizó, ni siquiera fue al hotel, vino directamente a la tumba de la señora. Eso demuestra que su aprecio por la señora era sincero.
—No necesariamente. Le dije a Mireya hace tiempo que tenía una herencia de miles de millones esperándola. Quizás fue a visitar a Valeria por esos miles de millones, ¿no cree? —Álvaro sonrió con resignación.
El mayordomo también expresó su preocupación:
—Señor, ¿y si le pedimos que nos devuelva el contrato de sucesión?
—Déjalo así. Respeto la decisión de Valeria. Ella y yo no tuvimos hijos, y nuestra única esperanza es ayudar a los ancianos que tampoco los tuvieron. Aunque el carácter de Mireya sea autoritario, el proyecto en el que está trabajando tiene que ver precisamente con el cuidado de ancianos.
—Como usted ordene, señor —dijo el mayordomo con respeto.
—Eso es todo, voy a colgar. En cuanto me sienta un poco mejor, iré con Mireya para encargarnos de todo esto en el país —dijo Álvaro.
—De acuerdo, señor.
Después de colgar, el mayordomo de más de ochenta años sintió que había algo que no le había dicho al señor. Se quedó un momento pensativo.
De repente, se dio una palmada en la frente. «Olvidé decirle al señor que la señorita Zúñiga cambió su apellido a Amaya».
Al ver a Mireya, le preguntó:
—¿Están bien los bebés? ¿No estás muy cansada?
Como futuro padre de mellizos, la salud de su prometida era su máxima prioridad.
Mireya miró a Lázaro con expresión cansada.
—Estoy cansada, pero no te preocupes, estoy bien. Gracias, Lázaro.
Lo decía de boca para afuera, pero por dentro se sentía insegura.
El no encontrar una solución para la obra era una bomba de tiempo que podía explotar en cualquier momento. Y cuando lo hiciera, Lázaro sin duda la culparía.
Por suerte, su mayor carta era que estaba embarazada de sus mellizos.
En ese momento, Mireya, siempre tan calculadora, ya estaba considerando el peor de los escenarios. Si la obra se derrumbaba, aunque el Grupo Valdez no quebrara, definitivamente sufriría un duro golpe.
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Desquite de una Madre Luchona