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El Día que Mi “Cojo” se Levantó romance Capítulo 10

Esos momentos cálidos fueron reales. Y esta distancia asfixiante también lo era.

Entre plática y plática, Kiera volvió a casa pasadas las once.

Enzo, que normalmente a esa hora ya dormía, estaba solo en la sala, leyendo.

Llevaba ropa negra de casa, una manta ligera sobre las piernas. Con la luz suave, su perfil se veía elegante y frío.

Sostenía un libro con ambas manos, pero parecía llevar mucho rato sin pasar página: solo estaba ahí, con la mirada baja y un gesto de tristeza contenida.

Después del accidente, cambió tanto que era imposible entenderlo.

A veces, Kiera sentía que Enzo ya no era el de antes: lo veía ahí, callado, frágil, como si se hubiera ido por dentro.

—¿A dónde fuiste? —preguntó Enzo con voz grave, sin apartar la vista del libro.

—A cenar con Fio.

Kiera se quitó los tacones y se puso unas pantuflas suaves.

Tenía mucho sin usar tacones; traerlos todo el día le dejó los pies molidos.

—¿Quieres que te suba? —preguntó antes de salir de la sala.

Enzo dejó el libro, como dando a entender que sí.

Kiera empujó la silla hacia el elevador.

Enzo soltó, de la nada, con un tono medio burlón:

—¿Fuiste a ver con Fiona cómo hacerle para divorciarte de mí?

Kiera mantuvo la cara neutra:

—Tú sabes que da igual con quién lo platique. A menos que tú…

Enzo la cortó, frío:

—Ni lo sueñes.

—Nos conocemos desde hace diecisiete años. Deberías saber que lo que quiero no lo suelto así nomás.

Kiera claro que lo sabía. Desde niño, Enzo tenía un lado dominante. Al principio hasta le daba miedo.

Después del accidente, se volvió todavía más obsesivo.

El ruido del tráfico, allá abajo, se convertía en puro silencio.

Mateo se quedó a una distancia prudente, en la penumbra, vigilando de vez en cuando hacia la puerta.

Enzo estaba a contraluz; su figura alta se veía firme.

Las piernas rectas, fuertes. No había rastro de invalidez.

—Seguro tú también crees que soy un cabrón… que engañé a dos mujeres.

—Le debo demasiado a Lili y al niño. Si no fingiera, ellos no estarían así de… desamparados.

—Y Kierita…

Se detuvo un momento. Encendió un cigarro y lo sostuvo entre los dedos, jugando con él.

—Con ella tengo toda la vida. Ya va a entender por qué lo hice.

Afuera, Kiera escuchó su voz. La mano con la que iba a empujar la puerta se le quedó tiesa.

No podía dormir; había subido a ver las estrellas. No se imaginó que Enzo estaría ahí.

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