—Ella va a entender por qué lo hice.
En cuanto subió, Kiera alcanzó a escuchar esa frase.
En esa casa, la única persona con la que Enzo podía desahogarse a esas horas de la noche era Liliana.
Y ese “ella” solo podía ser ella.
¿Y qué “motivos” podía tener Enzo?
Kiera no lo entendía… y tampoco quería entenderlo.
Retiró la mano del pomo, se dio la vuelta y bajó.
No estaba tratando de espiar, y mucho menos tenía ganas de meterse a interrumpirlos.
Al día siguiente salió temprano, como siempre, rumbo al trabajo. Quedarse atorada en el tráfico de la mañana era desesperante.
Pero en cuanto pensó en el caos de su casa, hasta los cláxones le sonaron agradables; mil veces mejor que los gritos de Rafael.
Cuando llegó a la oficina, un hombre de mediana edad, con lentes de armazón delgado, salía del despacho de presidencia.
Traía un chaleco de traje negro perfectamente entallado, corbata del mismo tono, camisa blanca con mancuernillas doradas y un reloj en una gama dorada discreta. Se veía en forma, pulcro, con buen gusto.
Pablo la presentó:
—Kiera, él es el señor Serrano.
Kiera se apresuró a saludar, inclinando un poco la cabeza:
—Mucho gusto, señor Serrano.
Ricardo asintió y bajó los escalones con calma.
—Kiera, de ahora en adelante, si se te ofrece algo, vienes conmigo. Siéntete aquí como en tu casa.
En cada gesto se veía amable y educado.
A Kiera no le pareció un empresario; más bien, alguien con porte de académico.
—Gracias, señor Serrano.
Notó la mirada de Ricardo sobre ella y le devolvió la vista, intrigada. Mientras más lo veía, más familiar se le hacía.
Pero estaba segura de que no conocía a alguien tan importante.
En la oficina, varios se asomaban discretamente por encima de sus monitores, intercambiando miradas. Era la primera vez que veían al señor Serrano tan atento con alguien.
Ricardo apartó la vista y se fue con paso firme. Pablo y otros tres secretarios lo siguieron.
Pablo le hizo una seña a Kiera para que se acercara.

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