Dentro del Maybach, Enzo apretaba los labios. En sus ojos oscuros se asomaba el enojo.
Liliana lo notó y preguntó:
—Enzito, ¿quién es ese “señor Serrano” del que hablaban?
—Kiera todavía es muy inocente. No vayas a dejar que la engañen con un simple broche.
—No digas tonterías. Kiera no es así.
Enzo volteó hacia la ventana. En el vidrio se reflejaban sus cejas y su mirada, sombrías.
Kiera estaba platicando con ese hombre, con una alegría genuina en los ojos.
Aunque Enzo le llevó la contraria a Liliana, en su cabeza se amontonaron ideas sin sentido y eso lo puso de peor humor.
***
Kiera regresó a casa en taxi, con la sensación de que todo había sido un sueño.
Abrió un álbum y encontró una foto de su mamá con Ricardo.
Y no era la única: de la secundaria a la universidad, en cuatro o cinco fotos de su mamá también aparecía Ricardo.
Kiera se quedó confundida. A los amigos cercanos de su mamá los había conocido a todos… menos a Ricardo. Y, que ella recordara, ni su papá ni su mamá mencionaban ese nombre.
Aunque, claro, en ese entonces ella estaba chica; quizá simplemente se le olvidó.
Dejó el joyero junto a la almohada y lo sostuvo con una mano.
Algo tan valioso no podía dejarlo en la casa. Podía guardarlo con Fiona.
Kiera acarició el joyero y se le endulzó el corazón.
En cinco años, por primera vez, su sueño se sintió así de bonito.
A la mañana siguiente, bajó tarareando y se topó con Enzo en el comedor.
Se había levantado media hora antes a propósito; por cómo se veía Enzo, parecía que la estaba esperando.
—Lucía, quiero jugo de naranja.
Kiera se sentó lo más lejos posible de Enzo, como si él ni existiera.
Enzo se sentó frente a ella.
—¿No tienes nada que decirme?
Kiera lo pensó un momento y preguntó, muy seria:
—¿Cuándo me van a depositar los veinte millones?
—¿Quién te dio esa joya?
Enzo alzó la mirada y se quedó viendo esa cara bonita al otro lado.
Sabía que Kiera era guapa, pero como la conocía desde chica y luego vivieron juntos día y noche, nunca lo había sentido como algo “especial”.

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