Últimamente Kiera también traía respuestas para todo; seguro era por juntarse tanto con Fiona y aprenderle lo filosa.
Fiona notó que Rafael la estaba viendo feo… y hasta le levantó el dedo.
Aprovechando que Enzo y Liliana estaban distraídos, Fiona le apartó la mano a Rafael de un manotazo.
—¡Guácala!
Rafael no alcanzó a quitar el dedo; se le fue hasta la garganta y empezó a tener arcadas, con lágrimas en los ojos.
—A la próxima, te corto el dedo con una espada.
Liliana jaló a Rafael contra su pecho, furiosa.
—¿Cómo te atreves a meterte con un niño?
—Te hice el favor de educarlo. Ni me agradezcas.
—Dicen que de tal palo, tal astilla: con unos papás así, pobre chamaco.
Fiona chasqueó la lengua y miró a Rafael con lástima.
Enzo frunció el ceño, harto, y llamó a un empleado.
—Cámbienos de lugar.
No le gustaban los lugares con mucha gente, y la esgrima ni le interesaba.
Había ido solo para acompañar a Liliana y a Rafael, y salió con ese circo.
Cuando se fueron, Fiona sintió que hasta el aire estaba más limpio y se concentró en la competencia.
El formato era tipo “rey de la pista”: el que ganaba se quedaba esperando al siguiente retador. Dependiendo de cuántas rondas aguantara arriba, le daban puntuación. Era una prueba pesada, tanto de condición como de cabeza.
Los primeros competidores apenas aguantaron tres rondas. Por fin le tocó a Kiera.
Traía máscara blanca; no se le veía la cara, pero Fiona reconoció su uniforme hecho a la medida.
Con la orden del árbitro, después de cinco años, Kiera volvió a tirar estocadas.
Hizo una defensa preciosa, desviando el ataque del rival.

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