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El Día que Mi “Cojo” se Levantó romance Capítulo 4

Liliana se inclinó para cargar a Rafael. El camisón, flojo, apenas le cubría el escote.

—Vete. No hagas que Kiera se desespere —dijo ella.-

Enzo no apartó la vista de la carita del niño.

—Está bien. Si necesitas algo, me llamas.

Pero Rafael se aferró a su ropa; si lo tocaban, se quejaba dormido.

—Lo despierto —dijo Liliana.

—No.

Enzo la detuvo y se acercó más a la cama.

—Me acuesto a su lado.

Liliana se vio incómoda.

—Pero Rafa está acostumbrado a mi olor. Si no estoy aquí, no se duerme.

Enzo respondió, seco:

—No tienes que irte.

—¿Y si Kiera malinterpreta?

—Ella es la más considerada. Me va a entender.

Al decirlo, Enzo sonrió, divertido.

“Considerada”.

Enzo tardaba en volver, y cuando Kiera dudó si ir a asomarse, también pensó en esa palabra.

Desde chica, “considerada” era una etiqueta pegada con cemento. Todos en la familia Muñoz la describían así.

Nadie veía que, siendo una huérfana viviendo en casa ajena, si no era “considerada”, entonces era una malagradecida.

Y esa noche, ella tampoco fue capaz de arrancarse esa etiqueta.

Cerró la puerta y se encerró en lo suyo.

Soñó toda la noche: que sus papás le extendían la mano; que Doña Paulina le reclamaba por no cumplir su promesa; que estaba en la boda de Enzo y Liliana… y también soñó con unos ojos azules, profundos.

Cuando despertó, le pesaba la cabeza, como si trajera demasiadas cosas encima.

En el comedor solo estaba Enzo. Liliana y el niño aún no bajaban.

Kiera se sentó frente a él y desayunó en silencio.

Enzo le pasó un vaso de agua.

—Anoche…

—Voy a salir a buscar trabajo.

—Enzo, respétame.

Enzo la vio tan terca que, al final, cedió.

—Está bien. Te consigo un puesto en la empresa.

Kiera nunca había trabajado; era noble, confiada. Enzo no creía que fuera a aguantar el mundo laboral.

Que se diera un golpe con la realidad; cuando se cansara, volvería sola.

—No hace falta. Ya tengo una entrevista.

Kiera nunca pensó en trabajar con Enzo. Ella no estaba persiguiendo algo: estaba buscando salirse de ahí.

Enzo aparentaba preocuparse, pero en el momento en que no pudo soltar a Liliana y al niño, ya había elegido.

¡Clang!

Molesto, Enzo aventó el tenedor al plato. Kiera lo ignoró, salió con sus tacones y cerró la puerta.

Hacerlo sentir bien… ahora era problema de Liliana.

Enzo se masajeó el entrecejo y llamó a su asistente.

—Avísales a todas las empresas: a Kiera no la contrata nadie.

***

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