Después de un rato, por fin contestaron el teléfono. La voz áspera de Adolfo se escuchó al otro lado de la línea.
—¿Quién habla?
Adolfo no había pegado un ojo en toda la noche.
—Adolfo, Yessie está en el hospital. El doctor dice que ya no hay nada que hacer. Por favor, haz algo, sálvala, te lo ruego.
—Ahora solo tú puedes ayudar a Yessie...
Zulma ni siquiera terminó de hablar cuando Adolfo le colgó sin miramientos.
En la cama del hospital, Yesenia seguía apenas con vida, sostenida por el esfuerzo de los doctores. Al escuchar que su madre hablaba con su papá por teléfono, su mirada, antes opaca, pareció recobrar algo de claridad. Un leve destello de esperanza brilló en sus ojos.
Sus labios temblaron, y apenas susurró:
—Papá...
Pero ese pequeño brillo se apagó de inmediato al ver que Adolfo había colgado.
Zulma sintió cómo el pánico le recorría el cuerpo. Marcó de nuevo el número.
El teléfono seguía sonando; Adolfo no la había bloqueado.
Eso significaba que aún tenía un poco de compasión.
Si no fuera así, si supiera que era ella, la habría bloqueado sin pensarlo.
Su corazón se llenó de una esperanza desesperada.
Si no contestaba a la primera, marcaba una segunda vez.
Si esa vez tampoco respondía, intentaba una tercera.
Y así, una y otra vez.
Con cada intento, su angustia crecía.
Porque el estado de Yesenia empeoraba cada vez más.
La enfermera, de pie junto a la cama, observaba la escena.
Ver a Zulma marcando desesperada, le recordaba mucho a la mamá de Pilar años atrás.
Aquel día, cuando se enteraron de que le habían quitado el riñón a Pilar y que ya no podía operarse, la mamá de Pilar también se quedó en la puerta del quirófano, llamando una y otra vez a un teléfono que nadie contestaba, consumida por la desesperación.
La diferencia era que, en ese entonces, se notaba a leguas cuánto amaba la mamá de Pilar a su hija, cuánto miedo tenía de perderla.
En cambio, la mujer frente a ella, aunque se veía asustada y nerviosa, no transmitía ni un poco de cariño por su hija. Desde que había entrado, ni siquiera se había dignado a mirarla de frente.
—¡Ah!
Zulma ya no sabía cuántas veces había llamado sin obtener respuesta.
¿Qué más necesitaba para entenderlo?
Adolfo no la había bloqueado, no porque le importara Yesenia.
Lo hacía a propósito.
A propósito la dejaba con una pizca de esperanza, solo para que marcara una y otra vez, torturando su alma.
Zulma no se equivocaba.
Adolfo lo hacía con toda la intención.
Antes de que Zulma comenzara a llamarlo, él ya estaba enterado de la situación de Yesenia.
Los mismos médicos le habían llamado primero, porque sabían que él siempre había estado pendiente de Yesenia. Cuando la enfermedad de Yesenia se agravó por la fiebre, el doctor lo contactó de inmediato y le explicó todo.

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