Ella podía verse con Javier a espaldas de Adolfo, pero jamás permitiría que las cosas llegaran al punto de un embarazo.
Si quedaba embarazada y Adolfo jamás la había tocado, sería imposible ocultar lo de Javier.
Así que, ese hijo, tenía que desaparecer.
Pero nunca esperó que Javier lo descubriera. A pesar de que siempre la complacía en todo, en este asunto se aferró como nunca y le exigió tajante que no interrumpiera el embarazo.
Zulma no se atrevía a desafiarlo de frente; temía que, si lo provocaba de verdad, Javier acabara por contarlo todo a Adolfo y ambos terminaran perdiéndolo todo.
Si eso pasaba, ella estaría acabada.
Por eso no le quedó más remedio que seguirle la corriente a Javier y jurar que tendría ese hijo.
No podía abortar.
Tampoco podía dejar que Adolfo se enterara.
La única salida era lograr que Adolfo se acostara con ella y así, hacerle creer que ese hijo era suyo.
Con esa idea en mente, Zulma empezó a planear cuidadosamente su aniversario con Adolfo.
Lo que jamás imaginó fue que al final, la que salió ganando fue Verónica.
Entonces, improvisó y fingió que la habían violado, buscando darle una explicación “razonable” al embarazo.
Todo, por Yesenia.
Zulma se desgastó demasiado, y encima, ese bebé no era lo que ella había esperado.
La verdad, lo que deseaba era un hijo de Adolfo.
En el fondo, Zulma sentía un resentimiento amargo hacia Yesenia. Si no fuera por ella, en aquel aniversario a sus diecinueve años, no habría tomado decisiones tan impulsivas, ni le habría dado a Adolfo esa droga.
Si no lo hubiera drogado, Adolfo jamás habría terminado en la cama con Verónica.
Verónica no habría quedado embarazada de Pilar Ferrer, esa mocosa que terminó usurpando el lugar que ella más anhelaba.
Y todo, por culpa de Yesenia.
Ella nunca debió haber nacido.
Ese desprecio no se le fue ni en el embarazo, ni al dar a luz… Ni siquiera después de siete años. Nunca la pudo aceptar.
En realidad, siempre deseó que Yesenia muriera.
Pero ahora, el miedo a que eso pasara era real.
La noche de la operación fue eterna.
Cuando por fin la puerta de la sala de emergencias se abrió, Zulma salió disparada en su silla de ruedas.
—¿Cómo está mi hija? ¿Ya está fuera de peligro?
Había pasado la noche en vela, y su cara reflejaba el agotamiento. Levantó la vista hacia el médico, sus ojos enrojecidos suplicando una esperanza.
—Lo siento, hicimos todo lo posible.
La voz del doctor cayó como una losa.
Después de toda la noche luchando, no lograron estabilizar la enfermedad.
La niña ya estaba infectada; sólo quedaba esperar el desenlace.
Al oír aquello, Zulma entendió que Yesenia estaba perdida. ¿Qué iba a hacer ahora?
Presionada por el pánico, Zulma perdió el control. Se aferró a la bata del doctor y le gritó fuera de sí:
—¡Inútil! ¿De verdad sabes lo que haces? ¡¿No era solo una fiebre?! ¿Cómo que ya no hay nada qué hacer?

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