Media hora después, Zulma apareció en el aeropuerto.
Llevaba puesta una gorra y un cubrebocas, y mientras avanzaba empujando la silla de ruedas, miraba con cautela a su alrededor, como si cada sombra pudiera esconder un peligro.
No tenía idea si la noticia de la muerte de Yesenia ya había llegado a oídos de Adolfo.
Tampoco sabía si él habría conseguido pruebas de Javier y ya las habría entregado a la policía.
La policía no la encontraba, ni en el hospital ni en el departamento donde solía quedarse. ¿Pensarían que trataba de huir al extranjero? ¿Ya habrían mandado a alguien a atraparla allí?
El no saber exactamente qué pasaba la tenía temblando de miedo.
Así, llena de ansiedad, Zulma esperó afuera del aeropuerto. Nunca el tiempo le había parecido tan insoportable. Cada segundo parecía arrastrarse como si fuera un año.
Finalmente, llegó el momento de pasar migración y el control de seguridad.
Zulma fue la primera en avanzar, cruzando migración por el acceso automático.
Al llegar al filtro de seguridad, le pidieron quitarse el cubrebocas y la gorra. El simple gesto de descubrirse la hizo contener hasta la respiración. Temía que, en ese instante, ya hubieran publicado una orden de búsqueda con su foto y la detuvieran ahí mismo.
Fueron apenas unos minutos, pero Zulma terminó empapada de sudor. La ropa se le pegaba al cuerpo, pero en el rostro no dejó que se notara nada. Respondió todas las preguntas con la mayor serenidad que pudo fingir.
Cuando por fin le dieron luz verde y la dejaron pasar, la tensión que la había acompañado todo el trayecto se desvaneció como si le hubieran quitado una carga de encima.
Casi podía oler el aire de la libertad.
Solo necesitaba salir del país. Una vez del otro lado, las leyes locales ya no podrían tocarla.
Volvería a ser una persona libre, sin culpa, sin ataduras.
Por primera vez en horas, Zulma se permitió relajarse al recibir de vuelta sus documentos. En su interior, la satisfacción le crecía como una ola.
Aunque supieran que ella había planeado la muerte de Pilar, aunque tuvieran pruebas de que había ordenado asesinarla, ¿qué podían hacerle ahora?
Verónica, esa maldita, quería vengar a la mocosa… ¡que lo intente en otra vida!
Zulma se perdió en su propio triunfo, empujó la silla y estaba a punto de entrar cuando notó que ya no podía avanzar.
Tardó un par de segundos en entender lo que pasaba: alguien desde atrás sujetaba la silla de ruedas, impidiéndole moverse.
Frunció el ceño de inmediato, molesta, y giró la cabeza con furia.

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