Conforme Javier se acercaba, el miedo en los ojos de Zulma se hacía cada vez más profundo.
Tenía las manos atadas.
Se retorcía con desesperación, intentando liberarse de las cuerdas, pero todo era inútil.
El terror que sentía en su interior la hacía balbucear incoherencias; primero, soltó una amenaza con voz dura.
—¡Javier, no te acerques!
—¿Qué piensas hacerme?
Pero al notar que su tono había sido demasiado fuerte, cambió enseguida. Su voz se volvió suave, casi suplicante, e intentó apelar a los sentimientos de Javier, como si quisiera convencerlo con palabras dulces.
Después de todo, Javier siempre la había amado tanto.
Antes, cualquier cosa que ella dijera, él la creía sin dudar.
Así que, esta vez, tal vez funcionaría de nuevo.
—Javi, no hagas una locura, baja el cuchillo, podemos platicar tranquilos.
—¿No eras tú quien decía que yo era el amor de tu vida? ¿Que lo que más deseabas era estar conmigo para siempre? Mira, si me sueltas, te juro que podemos volver a empezar.
—Javi, no te miento esta vez, de verdad ya entendí mi error, y sé que la única persona que me ha querido y cuidado eres tú.
—Hasta me di cuenta de mis propios sentimientos… En el fondo, siempre te he amado a ti. Fue culpa de Adolfo, me cegó con todo lo que me ofrecía y me confundí, por eso te hice daño… Créeme, estoy arrepentida, de verdad… de verdad.
—Te lo juro por lo que más quieras, te esperaré hasta que salgas…
Zulma apenas había empezado a prometerle el cielo cuando Javier ya se había lanzado hacia ella.
Acercó el cuchillo hasta su pecho.
Zulma sintió que el aire se le cortaba.
Olvidó por completo sus intentos de manipularlo con recuerdos y promesas, porque el miedo a morir la envolvía por completo.
El pánico la hacía temblar; temía que Javier, perdiendo la cabeza, le hundiera el cuchillo directo en el corazón.
Ahí sí, su vida acabaría para siempre.
Entre el terror y la angustia, Zulma gritó desesperada:
—¡Javier, matar está penado, vas a ir a la cárcel…!
Trataba de hacerlo entrar en razón.

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