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El Día que Se Rompió la Promesa romance Capítulo 538

En vida, Yessie había sido usada una y otra vez por Zulma, solo para que Zulma lograra sus propios objetivos.

Y, aun después de la muerte de Yessie, Zulma no la dejaba en paz.

—¡Ah! —gritó Zulma, mientras el cuchillo de Javier se deslizaba lentamente por su piel, arrancándole un alarido de dolor.

Javier no se detuvo.

Quería que Zulma sintiera el dolor, que experimentara en carne propia todo lo que le hizo pasar a Yessie, pero multiplicado por mil.

Así, cada corte se marcaba profundo en el cuerpo de Zulma.

Uno tras otro, sin piedad.

Cuando terminó de hacerle esos cortes, Javier empezó a arrancar trozos de carne de su espalda, como si quisiera borrar todo rastro de su pecado.

La espalda de Zulma quedó tan desgarrada, que daba miedo mirarla.

Su ropa, empapada de sangre, goteaba al suelo, tiñendo todo de rojo.

El dolor era tan intenso que Zulma sentía que morir hubiera sido un alivio.

Colgada de esa manera, solo podía sentir cómo la vida se le escapaba.

Suplicó a Javier hasta perder la voz, pero él ni siquiera la volteó a ver.

...

Cuando Zulma ya no pudo más y la desesperación la envolvió, una figura alta y firme apareció ante ella.

A pesar de que la vista se le nublaba por el dolor, reconoció enseguida a Adolfo.

Al verlo, la esperanza volvió a prenderse en sus ojos.

—Adolfo... sálvame... Javier quiere matarme... por favor, ayúdame... —rogó Zulma, con la voz rota y la mirada deshecha.

El sufrimiento era insoportable.

La sangre que había perdido la hacía temblar de pies a cabeza.

Enfrentarse a la muerte la llenaba de terror.

Si no estuviera colgada, ya se habría arrodillado ante Adolfo para suplicarle que la perdonara.

Con los ojos llenos de súplica, lo miró una vez más.

No podía creer que Adolfo fuera capaz de quedarse quieto y mirar cómo Javier terminaba con ella.

Adolfo se acercó hasta quedar frente a Zulma. Observó cómo la vida se le escapaba poco a poco.

Sin decir palabra, sacó un cigarrillo —que en realidad era un pequeño frasco de pastillas que Gonzalo le había dado— y se lo extendió a Javier.

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