Verónica observaba a Adolfo con una mirada cortante, viéndolo sumido en una pena que lo superaba.
Frente a las velas de Pilar, ella no mencionó los errores que Adolfo había cometido con Pilar en el pasado.
Sacar esos temas podía herir al Adolfo de ahora, pero también era como restregarle sal a la herida de Pilar.
Temía que, si Pilar podía escuchar desde el cielo, volviera a sufrir.
Verónica apartó la mirada, unió las manos en señal de oración y se despidió del pastor. Luego, junto a Benito, se alejó, dejando a Adolfo solo, arrodillado frente a esa vela que no lograba encender.
[¿Por qué? ¿Por qué lo preguntas? Adolfo, ¿no te queda claro? Pilar te odia, por eso no acepta que le enciendas la vela, por eso no quiere perdonarte.]
Esa frase de Verónica se repetía sin parar en su cabeza.
No pasó mucho antes de que, justo frente a Adolfo, el piso empezara a humedecerse con dos manchas de lágrimas.
Después de un largo rato, Adolfo levantó la cabeza despacio.
Los ojos rojos y cansados se quedaron fijos en la vela. Sus grandes manos la acariciaron con delicadeza. Su voz, ronca y suave, apenas un susurro.
—Pilar, si ahora no quieres perdonar a tu papá, está bien. Papá va a hacer todo para ganarse tu perdón.
Pilar se había ido.
Por mucho que él quisiera reparar sus errores, ya no podía hacer nada.
Lo que podía hacer era muy poco.
Sin embargo, aún tenía a Vero.
Todavía podía dar lo mejor de sí para demostrarle a Vero que hablaba en serio, para reconquistarla y hacerla feliz.
Pilar amaba tanto a Vero... Si llegaba a ver el esfuerzo que hacía, quizá Pilar también lo perdonaría.
Quizá, solo quizá, Pilar aceptaría volver a ser su hija, junto a Vero.
Esa idea encendió un poco de esperanza en Adolfo.
Se puso de pie con dificultad, y salió del lugar arrastrando los pies.
...
Después de volver de la Iglesia de la Luz Sagrada, Adolfo aparecía cada mañana, puntual, bajo el edificio de Verónica.
Llevaba siempre flores frescas, las que más le gustaban a ella, y esperaba a que bajara.
Pero Verónica pasaba de largo, fingiendo que ni siquiera lo veía.
Por las noches, Adolfo volvía a esperarla, con trabajo pendiente que llevaba consigo, y se quedaba ahí, muchas veces hasta altas horas.
Solo quería que Verónica le diera una oportunidad. Un momento para platicar con calma, sin gritos ni reproches.
Así pasó una semana.
Hasta que, por fin, obtuvo una respuesta de Verónica.
Vero: [Hora, lugar.]
Adolfo recibió ese mensaje justo mientras estaba en una junta en la empresa.
Al ver que era Verónica, casi brincó de la emoción.
Vero lo había sacado de la lista de bloqueados.
De inmediato, Adolfo interrumpió la reunión, le pidió a Joaquín que se encargara, y salió para marcarle a Verónica desde su oficina.
Apenas sonó una vez, ella colgó.

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