Por suerte, cuando el mueble cayó, Adolfo logró apartarse gracias al impulso, así evitó que le diera en la cabeza.
Pero su pierna no corrió con la misma suerte y quedó atrapada bajo el mueble.
El dolor era tan intenso que Adolfo terminó empapado en sudor.
Pero el calor de las llamas lo secó en cuestión de segundos, y la sensación de quemadura se volvió insoportable.
A través del resplandor del fuego, alcanzó a ver cómo Benito salía cargando a Verónica. Adolfo pudo soltar un suspiro de alivio.
Él seguía atrapado en medio del incendio.
Su cuerpo ya no respondía.
Aun así, pensando en que no había logrado compensar a Verónica ni a la señora Gabriela, Adolfo reunió las últimas fuerzas que le quedaban para liberar su pierna. Sin embargo, mover el mueble que bloqueaba la puerta estaba más allá de sus posibilidades.
Cada vez le costaba más trabajo respirar. Sus músculos ya no respondían, y terminó derrumbándose en el suelo, sin poder volver a incorporarse.
En ese momento crítico, los bomberos entraron justo a tiempo, apagaron las llamas y sacaron a Adolfo, que tenía varias quemaduras en el cuerpo, directo al hospital.
...
Hospital
—¡Vero! ¡Sra. Gabriela!
Adolfo despertó de golpe, con la piel ardiendo y el corazón en un puño. Se incorporó en la cama, totalmente desorientado.
—Sr. Adolfo...
Joaquín, que estaba cerca, escuchó el alboroto y se acercó de inmediato, dispuesto a detenerlo antes de que se lastimara más.
Pero Adolfo se adelantó:
—¿Cómo están Vero y la señora Gabriela? ¿Les pasó algo? ¿Están graves?
Su mente seguía anclada en la noche anterior, en medio del incendio, cuando intentó salvarlas y ni siquiera pudo revisar si estaban bien.
—Sr. Adolfo, tranquilo. La señora Gabriela y la señorita Verónica salieron a tiempo gracias a usted. Solo inhalaron un poco de humo, pero no tienen lesiones graves.
En cambio, usted, por protegerlas, sufrió varias quemaduras, sobre todo en la pierna izquierda...
—¿Dónde están Vero y la señora Gabriela?
¿Cómo podía quedarse tranquilo?
La imagen de la señora Gabriela inconsciente y Verónica al borde del colapso seguía grabada en su memoria.
No iba a estar en paz hasta verlas y asegurarse de que estaban bien con sus propios ojos.
Mientras hablaba, Adolfo ya había apartado la sábana y se disponía a salir de la cama.
—¡Sr. Adolfo, no puede levantarse todavía!

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