—¡Vero!
En cuanto vio a Verónica de pie, sana y salva, los ojos de Adolfo se pusieron rojos de emoción. Dio grandes zancadas hacia ella y la estrechó entre sus brazos sin contenerse.
El alivio de recuperarla se le notaba en el apretón. La abrazó tan fuerte que parecía querer fundirse con ella. Apoyó la quijada sobre la cabeza de Verónica; por fin sentía que el corazón, que llevaba atorado desde la noche anterior, podía volver a latir con normalidad.
Afortunadamente, su Vero estaba bien.
Adolfo se movió tan rápido que Verónica ni tiempo tuvo de esquivarlo. Apenas la rodeó con los brazos, la expresión de Verónica se endureció al instante, sintiéndose atrapada. Enterró la cara en el pecho de Adolfo, pero su incomodidad era evidente.
—¡Suéltame! —le empujó el pecho con ambas manos, el gesto cargado de rechazo.
Sin embargo, los brazos de Adolfo eran como lianas que no pensaban soltarla. Quería sentirla pegada a él, asegurarse de que era real.
—Vero, déjame abrazarte un rato, solo un momento, ¿sí? —suplicó, negándose a soltarla.
No podía dejarla ir. Solo de acordarse cómo la noche anterior se había lanzado entre las llamas y la había encontrado apenas respirando, tirada entre el fuego, el pánico volvía a apoderarse de él.
No quería imaginar qué habría pasado si no hubiera llegado a tiempo.
Si algo le hubiera pasado a la señora Gabriela y a Vero…
Pensar que casi perdía a las dos personas más importantes de su vida hacía que quisiera apretarla aún más, meterla bajo la piel, asegurarse de que nunca más se le escaparía.
Solo cuando la tenía en sus brazos sentía que era verdad.
—Adolfo, ¿qué clase de locura es esta? ¡Te dije que me soltaras, ¿no me oíste?!
Verónica no caía en los juegos de Adolfo. Por más que él rogara, ella no se movía ni un milímetro; el corazón, completamente cerrado a sus súplicas.
Cada vez que él se rebajaba así frente a ella, solo le recordaba todos esos años en que ella misma le rogó que sacara tiempo para ir a ver a Pilar, para que la niña sintiera el cariño de un papá. Si tan solo Adolfo hubiera cedido una vez, si hubiera ido a abrazar a Pilar, quizá la niña no se habría ido con el corazón roto.
A Verónica le dolía recordar el rostro triste de Pilar antes de morir, la decepción de saber que su papá la había dejado plantada para irse con Yesenia. En ese instante, Pilar debió haber entendido que su papá nunca la quiso de verdad.
No importaba cuánto tiempo pasara, cada vez que pensaba en Pilar, sentía que le desgarraban el alma. Y ese dolor solo hacía que odiara más a Adolfo.
Por eso forcejeaba con más fuerza.
El rostro de Adolfo se volvió aún más pálido por la intensidad con la que Verónica se defendía, pero aun así, no quería soltarla.
Desde la puerta, Joaquín observaba la escena con el corazón en la mano. El señor Adolfo tenía quemaduras por todo el cuerpo, y con tanto movimiento, Verónica solo lograba rozarle las heridas, arrancándole muecas de dolor. Joaquín quiso advertirle, pero Adolfo lo fulminó con la mirada, obligándolo a quedarse en silencio, aunque la preocupación no se le quitaba del rostro.
El abrigo de Adolfo ocultaba el uniforme del hospital, ya manchado de sangre fresca.

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