—Encuéntrenla.
La orden de Matthias Angelini atravesó el despacho con la misma frialdad con la que acostumbraba a decidir quién respiraba y quién dejaba de hacerlo. Ninguno de sus hombres respondió de inmediato.
Sicario, sentado sobre el enorme escritorio de madera negra, parecía ser el único ser vivo en aquella habitación al que la tensión le importaba una m¡erda. El pequeño mono capuchino, vestido con su chaleco de cuero negro, sostenía entre sus peludas manos el encendedor de oro de Matthias.
Lo abrió. Lo cerró. Volvió a abrirlo.
Matthias desvió los ojos hacia el mono.
—Sicario.
El mono lo miró. Y volvió a cerrar el encendedor.
—Dámelo —le ordenó Matthias.
Sicario se lo pegó al pecho y negó con la cabeza. Le encantaba el fuego. Y ese encendedor servía para provocarlo. Matthias entrecerró los ojos.
—No estoy de humor.
El mono enseñó los dientes y se giró, dándole la espalda.
Francesco Martini, consigliere de la familia Angelini desde hacía más de quince años, observó la escena sin decir una palabra. Había visto a Matthias ordenar ejecuciones sin pestañear. Había presenciado interrogatorios que habrían hecho vomitar a los hombres más experimentados. Sin embargo, cada mañana veía al jefe de una de las organizaciones criminales más poderosas de Italia discutir con un mono de apenas cuatro kilos.
Y perder.
—¿La mujer tiene nombre? —preguntó finalmente, apartando su mirada del animal y devolviéndola al mafioso.
Matthias regresó la atención a los documentos frente a él.
—Davinna.
Francesco asintió con la cabeza y esperó a recibir más detalles. Pero Matthias, no agregó nada más.
—¿Sabe su apellido? —preguntó tratando de obtener más información.
—Si supiera toda su información, Francesco, no te estaría ordenando que la encontraras.
Sicario abrió nuevamente el encendedor. Una vena palpitó en la sien de Matthias.
—Te juro que voy a venderte —amenazó al mono.
El capuchino giró la cabeza y lo observó con una mirada retadora. Matthias sostuvo su mirada durante dos segundos.
—Los dos sabemos que es mentira —murmuró Francesco. Si había alguien a quien le tenía mucha paciencia era a ese mono.
Los oscuros ojos de Matthias se clavaron en él de nueva cuenta.
—Esa mujer se llevó mi anillo.
Francesco elevó ambas cejas con sorpresa. El anillo al que el capo se refería no solo costaba una fortuna, también pertenecía a las reliquias de los Angelini. Tenía un enorme valor monetario y era una joya familiar.
—¿Cómo es que la mujer logró quitárselo? —preguntó intrigado y desconcertado.


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