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El Heredero del Arrogante Millonario romance Capítulo 1

Davinna estaba sentada en el piso frío del baño de su departamento, con la espalda apoyada contra el mueble del lavabo y las piernas pegadas al pecho. Tenía la pequeña prueba de plástico en la mano y no podía dejar de mirar la pantalla. Las dos líneas rojas se veían demasiado claras.

Se quedó inmóvil varios segundos, en completo shock, sin terminar de entender lo que estaba viendo. Esto no podía estar pasándole a ella. Se pasó las manos por la cara, preguntándose una y otra vez en qué demonios estaba pensando la noche que decidió acostarse con aquel desconocido.

Davinna no recordaba cada minuto de aquella noche porque el alcohol le había nublado juicio, pero el recuerdo de su rostro era absurdamente claro. Recordaba la profundidad de su voz grave retumbando en su oído, la anchura imponente de sus hombros y la forma en que su cuerpo enorme la dominaba sin esfuerzo.

De pronto, los fragmentos de esa noche asaltaron su mente.

La había tomado por la cintura pegándola a su cuerpo, para luego embestirla con fuerza, mientras ella marcaba su espalda ancha con sus uñas pintadas de rojo.

—Como dos hermosas flores, apuesto a que son dulces —susurró él, y lamió uno de sus pezones cual si fuese un caramelo, su lengua húmeda lo envolvió, mostrando luego una sonrisa, al comprobar que en efecto, eran dulces. Después chupó el otro y la embistió de forma violenta.

¿Usaron condón? ¿Cómo carajos sabría eso?

Estaba ebria y perdida mientras su enorme polla se hundía en su cuerpo. No se quejaba, el hombre la hizo olvidar con cada embestida el dolor que llevaba dentro a causa de la traición de Valentino, pero estaba tan ebria que no supo cómo hizo para volver a casa...

Al volver a la realidad, las mejillas le ardieron de vergüenza. Se cubrió el rostro con las manos, sintiéndose fatal consigo misma. ¿Cómo había sido capaz de dejar que un extraño la tocara de esa manera?

—¿Cómo pudiste Davinna? —se preguntó con ironía.

El aborto se le cruzó por la cabeza como un pensamiento desesperado, una salida rápida para terminar con el problema. Pero la culpa la invadió de inmediato y se sintió mal de solo haberlo considerado. Sabía que no debía tomar decisiones a la ligera, mucho menos una como esa. Se repitió a sí misma que una prueba casera podía fallar y que, antes de entrar en pánico, necesitaba ir a una clínica a confirmarlo.

Pero los recuerdos de Matthias no fueron los únicos que la asaltaron esa mañana.

Mientras se vestía para salir, la traición volvió a clavarse en su pecho. Cuando observó el color del vestido que se había puesto.

Sus ojos se llenaron de lágrimas al recordar el momento en que abrió aquella puerta y encontró a Valentino, su prometido, en la cama con Donatella, su hermana mayor.

Davinna observó a la rubia siendo embestida por el hombre que juraba amarla. Mientras ella gemía como una maldita gata en celo.

—Demonios, Donatella —bramó, sintiendo que la rabia le recorría el cuerpo.

Donatella tenía el vestido elevado hasta la cintura y sonrió al observarla, meciendo más sus caderas, asegurándose de que su hermana menor viera en primera fila que la polla de su prometido entraba y salía de ella.

Davinna se sintió humillada, herida y completamente destrozada. Ella no esperaba que Donatella fuera capaz de comportarse, pero Valentino…

—¡Mi vestido! —gritó con la voz entrecortada, cuando Donatella acomodó el tirante sobre su hombro. Era su vestido, el vestido que Davinna había comprado semanas atrás para su compromiso. Un hermoso vestido azul, que ahora le daba asco.

—Siento que te enteraras de esta forma —dijo Valentino, pero antes de que dijera alguna otra palabra hiriente, Davinna le dio un puñetazo en la cara al hijo de puta y después se le fue encima a su hermana. La tomó del cabello y la arrastró al suelo mientras él se acomodaba los pantalones.

En ese momento llegó Carlotta, su madre, quien al observar la escena, no dudó en darle una fuerte bofetada a Davinna.

La culpó de todo mientras la sujetaba del brazo con fuerza para sacarla de la habitación de Donatella. Su padre, Claudio, llegó más tarde al escuchar los gritos, pero solo se quedó mirando sin mover un dedo para defenderla.

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