Apenas terminó de hablar, Vanesa escuchó ruidos provenientes de afuera.
Colgó el teléfono.
Y vio a Fabio entrando a la habitación.
Vanesa lucía muy tranquila por fuera; Fabio, por supuesto, notó que acababa de colgar el teléfono, pero no hizo ningún comentario al respecto.
Caminó hacia Vanesa con total naturalidad.
Vanesa levantó la mirada y lo observó con gran entereza.
—El mayordomo me comentó que no has comido tus bocadillos. ¿Acaso no son de tu agrado? —preguntó Fabio con un tono desapasionado.
Sin demostrar emoción alguna, simplemente fue al grano.
—Si no te gustan, le diré que se largue y buscaremos a otro —dijo Fabio con frialdad y crudeza.
Vanesa frunció ligeramente el ceño:
—Es solo que no tengo buen apetito, no me apetece comer.
Fabio miró fijamente a Vanesa, y ella le sostuvo la mirada.
Sin embargo, en el fondo oscuro de los ojos del hombre, no logró descifrar qué estaba sintiendo.
Pero, aun así, sintió una punzada de inquietud.
Entonces Vanesa vio entrar al mayordomo acompañado por el chef y el nutricionista.
—Señora, sus bocadillos —anunció el mayordomo con profundo respeto.
Vanesa les echó un vistazo.
Los mejores ingredientes, preparados a la perfección; tanto la presentación como el aroma despertaban los sentidos.
Pero a ella de verdad no le apetecía comer.
—¿No quieres probar? —Fabio se inclinó de repente y le acercó la cuchara a los labios.
El olor del caldo de pollo la golpeó de frente.
Vanesa sintió náuseas.
No supo si fue por el olor de la comida o por el gesto de Fabio.
Apartó la cara, evitando mirar el caldo.
—Vanesa, así vas a dejar a mi hijo con hambre —comentó Fabio en un tono suave.
Había intimidad en sus palabras, pero al mismo tiempo cargaban con una sutil amenaza; bajando el volumen de su voz, la estaba acorralando.
Vanesa sabía que la paciencia de Fabio tenía un límite.
Durante esos días, las atenciones que le demostraba solo eran fachada.
Pero si ella cruzaba la raya, él encontraría la forma de torturarla a su manera.
Vanesa sentía que tarde o temprano perdería la razón.
No quería entrar en conflicto con Fabio, así que bajó la vista y tomó un poco del caldo.
Fabio soltó una carcajada cargada de sarcasmo.
Y de un solo golpe, lanzó el plato de caldo de pollo contra el suelo, haciéndolo añicos.
—¡Lárgate! —sentenció el destino del chef.
Luego se dirigió al mayordomo:
—Si el próximo que traigas es igual a este, también te largas.
El mayordomo palideció.
El chef comenzó a suplicar clemencia.
Pero todo fue en vano.
El dormitorio principal era un desastre, y Vanesa seguía con un aspecto terrible.
Pero en ese preciso instante, todo cobró sentido para ella.
Fabio estaba montando aquel numerito para que ella lo viera.
Lo más probable era que la hubiera escuchado hablando por teléfono hacía un momento.
Por fuera parecía tranquilo, pero estaba usando a los demás como escarmiento para ella.
Era una advertencia clara para que no se atreviera a pasarse de la raya; de lo contrario, correría con la misma suerte que ellos.
Que no se atreviera a pensar que tenía a Fabio comiendo de la palma de su mano.

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