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EL HOMBRE POR EL QUE LO DEJÉ TODO NUNCA ME AMÓ romance Capítulo 173

Después de la cena, Fabio se fue al despacho a tratar asuntos de negocios.

Vanesa se quedó haciéndole compañía a Vicente.

Pero debido a su precaria salud, Vicente no aguantó mucho y se fue a descansar temprano.

Justo cuando Vanesa llegaba a la puerta de la habitación de su hermano, su celular vibró.

Bajó la mirada; era un mensaje de Julián Jiménez.

Julián: *[¡Vane, háblame!]*

El tono era de exigencia absoluta.

Era la segunda vez que Julián le enviaba un mensaje.

Al leerlo, sintió que le temblaban las yemas de los dedos.

Conocía muy bien a Julián.

Él no era precisamente un hombre paciente.

Si no respondía al primer mensaje, él esperaría.

Pero si ignoraba el segundo, Julián se presentaría en su puerta sin dudarlo.

A Vanesa le dio una punzada de dolor de cabeza.

Tomó aire y le contestó.

Vanesa: *[Julián, estoy bien, no te preocupes. Estoy arreglando unos asuntos, apenas termine me comunico contigo. No hagas locuras, ¿de acuerdo?]*

Intentaba aplacar su impulsividad.

Tal como Dante le había dicho, Julián solo entraba en razón con ella.

Y casi un segundo después de enviar el texto, recibió la respuesta de Julián.

Julián: *[¿Cuánto tiempo?]*

Vanesa: *[Hasta que Dante consiga las visas.]*

Julián: *[Está bien.]*

Al leer su respuesta, Vanesa por fin pudo soltar el aire contenido.

Sin embargo, no dejó rastro de la conversación. Borró todo al instante, aterrorizada de que Fabio pudiera verlos y desatara otro infierno.

Solo cuando se aseguró de no haber dejado evidencia, salió de la habitación.

Pero afuera de la puerta, la figura imponente de Fabio la estaba esperando.

Al verlo, cada músculo de su cuerpo se tensó.

Durante esa última quincena, Fabio se había portado como un depredador insaciable.

Por las noches, sin importar si ella estaba dormida o despierta, cuando él lo deseaba, simplemente la tomaba, sin darle jamás la opción de negarse.

Con los días, Vanesa había entrado en un estado de insensibilidad anestesiada.

A veces, si Vanesa no se resistía, Fabio amanecía con buen humor y la trataba con inesperada dulzura.

Vanesa no le contestó.

Pero pudo notar que Fabio redujo un poco su ritmo.

Con las manos, ella se aferró al borde de la cama; apretaba con tal desesperación que sus nudillos estaban blancos.

Fabio seguía clavándole la mirada.

Él era consciente de que Vanesa estaba llegando al límite físico de su resistencia.

—Vanesa, solo ríndete y te dejaré en paz, ¿eh? —murmuró Fabio, con la voz ronca directamente en su oreja.

Sus cuerpos aún estaban pegados.

Vanesa podía escuchar la respiración de él y percibir el leve aroma a tabaco que impregnaba su piel.

Se resistía a suplicar.

Sentía que esta dinámica tan enfermiza terminaría por volverla loca.

Y el culpable de su locura sería Fabio.

Pero sabía que si no cedía, la tortura no tendría fin.

Cerró los ojos con fuerza, incapaz de sostenerle la mirada: —Te lo suplico.

—¿Quién soy yo? —El tono de Fabio estaba cargado de arrogancia.

—Fabio Serrano —pronunció ella su nombre.

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