El divorcio entre Vanesa y Fabio ya había acaparado la atención de todos.
Sin embargo, Fabio no había dado ninguna declaración oficial y el acta de divorcio seguía sin emitirse.
El trámite legal estaba misteriosamente estancado.
"¿De verdad ya te divorciaste de Vanesa?", preguntó Giselle. Hacía un esfuerzo monumental por contener la euforia y mantener un tono comprensivo.
Fabio no lo negó. Pero tampoco dio explicaciones.
Giselle hizo una pausa estratégica y, finalmente, soltó sus verdaderas intenciones.
"Amor... ¿Por qué no nos casamos ya?", suplicó con tono meloso. "Ha pasado tanto tiempo, y todo este drama ya terminó. Nadie te va a juzgar. Si te preocupa el qué dirán, podemos no hacer una gran fiesta por ahora. Pero me da mucha inseguridad no tener los papeles que nos respalden. Han sido demasiados años... y cada vez tengo más miedo de perderte".
Sonaba desolada y profundamente enamorada.
"Giselle", la interrumpió él. "Hablaremos de esto cuando te recuperes de la cirugía, ¿de acuerdo?".
Esa respuesta era una forma de ganar tiempo. Giselle sabía que no debía tensar más la cuerda.
"Está bien", respondió dócilmente.
La conversación terminó y ella colgó.
En el auto, los ojos de Fabio seguían fijos en la entrada del edificio, justo por donde habían desaparecido Vanesa y Julián. No dio la orden de arrancar. El auto permaneció estático. Carlos Medina y el chofer seguían petrificados en los asientos delanteros, evitando cualquier contacto visual.
El silencio en la cabina era asfixiante.
Mientras tanto, Vanesa había llegado a su departamento. Se paró frente al gran ventanal de la sala y miró hacia abajo. Allí seguía el auto de Fabio.
Sabía que él no se había ido. No dijo nada, solo se quedó observando.
En los siete años que estuvo con Fabio, la única que pisaba la cocina era ella. El gran Señor Serrano jamás se ensuciaba las manos; solo se sentaba a esperar a que le sirvieran. Hubo ocasiones en que pelearon por eso, pero los recuerdos de aquella época ya le resultaban tan lejanos y borrosos que prefería no escarbar en ellos.
Ver a un hombre allí, cocinando para ella de manera tan casual, hizo que un nudo se formara en su garganta. Fue una mezcla de emociones agridulces.
"Ve a lavarte las manos. La cena estará lista en un momento", le dijo Julián sin mirarla, concentrado en la estufa.
Su maleta reposaba cerca de la entrada. No era muy grande, pero su presencia en el lugar era innegable.
Jamás había permitido que un hombre entrara a su departamento. Julián era el primero.
Vanesa se quedó paralizada.
Él volteó a verla con una ceja arqueada: "Vanesa, no me digas que pensabas que no sabía cocinar".
Ella soltó un "Ah" y sonrió con cierta vergüenza. En contraste con Fabio, Julián sí era el verdadero y único heredero de su familia.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: EL HOMBRE POR EL QUE LO DEJÉ TODO NUNCA ME AMÓ