Julián se había criado entre algodones, siendo el centro del universo de los Jiménez. Lo lógico habría sido que no supiera ni hervir agua.
Además, cuando él, Dante y su equipo estaban en el extranjero, pasaban sus días inmersos en trabajo, sobreviviendo a base de comida rápida y restaurantes.
Después, Vanesa abandonó el equipo, y Julián también tomó su propio rumbo.
No habían tenido mucho contacto desde entonces, así que ella realmente no conocía esta faceta suya.
Julián apagó la hornilla y caminó hacia ella con una confianza magnética.
"La familia Jiménez tiene dinero de sobra, sí. Pero la crianza de mi abuelo siempre se basó en la autosuficiencia. Él solo cubría mis gastos universitarios, lo más caro. Todo lo demás me lo tenía que ganar por mi cuenta. Así que tuve que trabajar, hacer mis propias compras y prepararme de comer", relató con total normalidad.
Vanesa asintió y le levantó el pulgar en señal de aprobación. "Eres increíble".
Y lo decía en serio. Era digno de admirar que, con tantos privilegios, no fuera un niño rico malcriado.
Pero, conociendo su carácter fuerte e independiente, no le sorprendía tanto. Siempre había forjado su propio camino sin depender de su familia.
De no haber sido por el caos desatado entre ella y Fabio, probablemente la verdadera identidad de Julián seguiría siendo un misterio para todos.
Mientras reflexionaba sobre eso, sintió una mano firme pero cálida rodear su cintura.
El tacto de Julián fue tan natural que la tomó por sorpresa.
"No te preocupes, Vanesa. No soy de esos hombres que esperan que su esposa les sirva", susurró con la honestidad brutal que lo caracterizaba.
Su voz ronca resonó peligrosamente cerca de su oído.
Vanesa no pudo retroceder. Entendió perfectamente la indirecta y la determinación detrás de sus palabras.
Levantó la vista, cruzando su mirada con él, impotente ante su atrevimiento.
Julián, en un movimiento casi imperceptible, rozó sus labios con los de ella, dejándola sin aliento, y luego la soltó como si no hubiera pasado nada.
Vanesa suspiró y, llena de curiosidad, le preguntó: "Julián, ¿qué le ves de bueno a alguien como yo?".
Pero Julián era incontrolable, y como era el único nieto, Don Armando no podía tensar mucho la cuerda por miedo a alejarlo.
Así que, su único desahogo era gritar por teléfono.
Julián tenía una política muy simple: "Tú grita todo lo que quieras, que yo haré lo que se me dé la gana". Al final, el que perdía la batalla siempre era Don Armando.
"Bueno, ya vi que vas a hacer lo que quieras. ¿Cuándo regresan?", exigió el anciano, intentando recuperar un ápice de autoridad.
"Nos vamos a Boston. Así nos ahorramos la molestia de aguantar sus rabietas. Además, abuelo, usted está como un roble. Tiene para vivir al menos otros treinta años aguantando mis decisiones", le soltó Julián con mordacidad.
Don Armando: "..."
¡Ese muchacho era un insolente!
Preso de la rabia, le colgó la llamada.
A Julián no se le movió ni un pelo. Guardó el celular, viendo cómo Vanesa terminaba de arreglar la cocina, y una leve sonrisa se dibujó en sus labios.

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