La mirada de Julián se clavó en Giselle con una hostilidad gélida.
—Señor Jiménez, ¿planea atacarme? Le recuerdo que estamos en un lugar público —soltó Giselle con cinismo. Aunque encontrarse de frente con él la había puesto nerviosa, mantuvo una compostura impecable.
Las personas alrededor ya comenzaban a voltear a verlos.
Julián no era un hombre impulsivo. Sabía que armar un escándalo ahí no le haría ningún favor a Vanesa, y mucho menos quería empeorar su estado emocional.
Con el rostro endurecido, la hizo a un lado de un empujón y avanzó hacia el interior del baño.
—Si algo le pasa a Vanesa, te juro que no te lo perdonaré —le advirtió Julián con voz amenazante.
Giselle se limitó a sonreír con descaro y se alejó rápidamente sin quedarse a discutir. No le convenía provocar un enfrentamiento directo con Julián; a diferencia de Vanesa, él era un enemigo formidable y no quería buscarse problemas innecesarios.
Julián encontró a Vanesa adentro del baño. Ella estaba allí, simplemente de pie, inmóvil.
Él la examinó de pies a cabeza con rapidez. A simple vista, no parecía haber sufrido ningún daño físico ni haber entrado en crisis.
—¿Vanesa? —la llamó con suavidad.
Vanesa pareció reaccionar al sonido de su voz.
—¿Por qué entraste? Este es el baño de mujeres —murmuró ella, con una calma que resultaba extrañamente normal.
—Vi salir a Giselle. Tuve miedo de que te hubiera hecho algo —respondió Julián sin rodeos.
Sin embargo, había algo que a Julián no le cuadraba. Cuanto más tranquila se mostraba Vanesa, más se le encogía el estómago de preocupación.
—Ya se fue —dijo ella, asintiendo levemente.
Al salir del aeropuerto, Vanesa volvió a ver a Giselle. Obviamente, debido al clima extremo, el vuelo de Giselle también había sido cancelado. Sin embargo, Fabio Serrano no estaba con ella; la persona encargada de recogerla era el chofer de la familia Serrano.
Ante la escena, Vanesa se mantuvo en silencio, solo observando.
Inesperadamente, Giselle no desvió la mirada. Al contrario, la sostuvo con una actitud altanera y desafiante. Solo cuando la ventanilla del auto subió por completo, Vanesa la perdió de vista. Pero incluso en ese último segundo, la burla en los ojos de Giselle era innegable.
Vanesa bajó la mirada y, lentamente, apretó los puños. Por fuera, sin embargo, su fachada permaneció inalterable. Una calma tan perfecta que nadie podría sospechar el infierno que ardía en su interior.
Por azares del destino, el auto de Julián y el de Giselle terminaron uno detrás del otro en la carretera.
Debido a las fuertes tormentas, el tráfico en las afueras del aeropuerto era un caos. Nadie podía avanzar a buena velocidad. Y casualmente, el camino hacia el departamento de Vanesa era la misma ruta que conducía a la residencia de la familia Serrano.
Aunque Fabio y Giselle aún no habían hecho oficial la fecha de su boda, el hecho de que ella ya viviera con él era un secreto a voces en Jalapa. Toda la ciudad lo sabía; ya no había nada que esconder.

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