Los dos charlaron un rato de forma casual.
Pero era innegable que Andrés consideraba a Vanesa en todo momento.
Vanesa sabía que un Andrés así era bastante encantador.
Pero también tenía claro que era difícil para cualquier mujer no sentirse conmovida ante ese nivel de atenciones.
Sentirse conmovida y amar eran cosas muy distintas.
Y más aún, estar enamorada.
—Si no puedes terminarlo, guárdalo en el refrigerador. Mañana por la mañana te llevaré esos panes rellenos de carne y vegetales que tanto te gustan, la otra vez la profesora Zamora me dijo que te encantaban —rio Andrés, continuando la conversación con naturalidad.
—De acuerdo —Vanesa no se negó.
No se negó porque Andrés era demasiado bueno.
Tan bueno que era difícil rechazar a alguien así.
—Descansa temprano —dijo Andrés con una sonrisa.
—De acuerdo. Buenas noches —respondió Vanesa.
—Buenas noches —Andrés tampoco fue insistente.
Casi justo después de que Andrés colgara, el guardia del edificio subió a entregarle el postre.
Venía con una tarjeta escrita a mano por el mismo Andrés.
Vanesa lo comprendió de inmediato.
Él había estado abajo todo este tiempo.
Se acercó a la ventana para mirar y, efectivamente, el auto de Andrés apenas se estaba alejando.
Él le había llevado las cosas personalmente.
Pero no había subido.
Porque era demasiado tarde, y no habría sido apropiado.
Vanesa no dijo nada y comió en silencio.
De pronto, sintió que ya no sabía qué pensar.
El apartamento quedó sumido en el silencio.
Pero Vanesa veía por todos lados las cosas de Fabio.
Aunque él no había estado ahí mucho tiempo, lograba acaparar el espacio y el ambiente del apartamento de manera evidente.
Frunció el ceño, sintiéndose disgustada.
Rápidamente, dejó el postre a un lado.
Se levantó y comenzó a hacer las maletas de Fabio.
Guardó todas sus pertenencias en su lugar.
Para cuando terminó, dos maletas estaban junto a la puerta.
Al día siguiente, un servicio de paquetería pasaría por ellas a primera hora.
En cuanto a la dirección, Vanesa se la había pedido a Carlos Medina.

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