Su pulgar había limpiado su labio con una naturalidad pasmosa.
Vanesa, aturdida, se llevó la mano a la comisura, tocando instintivamente el mismo lugar.
Era imposible; siempre era muy cuidadosa. Estaba segura de que no tenía nada.
Sin embargo, él actuó como si no hubiera pasado nada; dio un paso atrás, con su porte de siempre.
Con una mano metida en el bolsillo del pantalón.
La situación la había dejado descolocada, y prefirió no decir nada.
Hasta que el teléfono de Fabio vibró con insistencia.
El nombre de Giselle parpadeaba en la pantalla.
Vanesa alcanzó a leerlo, pero su rostro se mantuvo como una máscara de hielo.
Fabio miraba el celular sin hacer el menor intento por contestar.
"Es su esposa. Si me disculpa, me retiro", anunció ella, cortando la tensión.
Dio media vuelta para marcharse.
Pero, en un movimiento veloz, Fabio se interpuso en su camino bloqueándole el paso.
Vanesa no tenía ganas de hacer un drama de todo aquello, así que decidió hablar de una vez:
Sin embargo, él no dijo nada. Ignoró la llamada y clavó sus ojos en los de ella.
Vanesa arrugó el entrecejo con fastidio.
Y sin darle tiempo a reaccionar, lo esquivó y siguió su camino.
Esta vez, Fabio no la detuvo.
Justo cuando lo pasó de largo, el teléfono de Vanesa sonó.
Era una llamada de la pequeña Paz.
Ella contestó al instante: "¿Dime, mi cielo...?"
Su tono era increíblemente dulce y amoroso.
Fabio observó cómo Vanesa desaparecía tras la puerta del dormitorio principal, con el corazón encogido.
Su mirada se volvió tormentosa.
Su instinto le gritaba que el que llamaba era Julián Jiménez.
A pesar de los celos que lo carcomían, se quedó inmóvil.
No fue hasta que la puerta se cerró que por fin contestó a su esposa.
Conocía bien a Giselle; si la ignoraba, la mujer sería capaz de reventarle el teléfono a llamadas.
En otros tiempos, esa insistencia le parecía tierna, una muestra de cariño.
Giselle se mordió el labio, pero la curiosidad le ganó: "¿Entonces dónde estás metido?"
"En un hotel", soltó él, a medias verdad, a medias mentira.
Pero su tono ya dejaba traslucir el hartazgo.
"¿Y con quién estás?", disparó Giselle, movida por la paranoia.
"¡Giselle!", la reprendió él, elevando la voz con furia contenida.
La actriz se encogió de miedo al escucharlo.
Pero los celos y la desconfianza seguían comiéndole la cabeza.
Después de todo, ella no era estúpida; se había dado cuenta de cómo la actitud de Fabio hacia ella se había ido enfriando con los años.
Tenía el presentimiento de que, tarde o temprano, su matrimonio estallaría por los aires.
"Fabio, somos marido y mujer. ¿Acaso no tengo derecho a preguntar?", sollozó, haciéndose la víctima.
Pero justo en ese momento, un grito de pánico proveniente del dormitorio principal lo interrumpió.
El corazón le dio un vuelco. Sin dudarlo, Fabio corrió hacia la habitación.
Y cortó la llamada de golpe.
Al escuchar el tono de fin de llamada, Giselle palideció de terror.

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