Ella se fue calmando poco a poco.
Debido al suero, Vanesa no podía moverse.
Se recargó en silencio contra la almohada, escuchando los movimientos en la habitación contigua.
El tiempo pasaba minuto a minuto, y afuera ya comenzaba a amanecer.
Echó un vistazo a la hora: eran las 6:20 de la mañana.
Entonces, Vanesa escuchó un ruido.
La puerta de la sala de descanso se abrió.
Instintivamente miró hacia la entrada, y Fabio entró con paso tranquilo.
El hombre llevaba en la mano unas bolsas de comida.
—¿Por qué te despertaste tan temprano? —preguntó Fabio con tono neutro.
Vanesa no respondió.
—Qué bueno que despertaste. Come algo primero, el doctor dijo que necesitas alimentarte. Si no, esta debilidad va a continuar —insistió él.
Echó un vistazo hacia la otra habitación; Paz seguía durmiendo.
Pero la pequeña solía despertarse alrededor de las 7.
Guardó el desayuno de Paz en un termo para mantenerlo caliente.
De manera muy natural, separó la porción de Vanesa.
—Come —ordenó Fabio suavemente.
Vanesa miró el desayuno frente a ella y, en lugar de obedecer, preguntó:
—Dijiste que el profesor Éxers...
—Vanesa, come —lo interrumpió él, esta vez en un tono que no admitía réplicas.
De forma pasiva, Vanesa tomó los cubiertos.
Le había traído sopa de arroz cremosa con cerdo.
A ella le encantaba.
Pero como detestaba el jengibre y cebollín, empezó a apartarlos cuidadosamente.

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