Pero a Giselle eso no le importaba en absoluto.
Sabía que, mientras el niño fuera de Fabio, sería suficiente.
Y tal como ella había supuesto, la familia Serrano jamás consideraría necesario hacer una prueba de ADN entre ella y el niño.
Y así fue.
Tras completar su trabajo, el doctor simplemente se fue al extranjero.
Giselle, temiendo que algo pudiera salir a la luz, rastreó al doctor y, orquestando un accidente, se deshizo de él.
No quería que Fabio descubriera jamás que ella no era la madre biológica de su hijo.
Estaba dispuesta a erradicar cualquier riesgo.
Lo que no se esperaba era que el imprevisto ocurriera de todos modos.
Pero ya no había forma de interrogar al doctor muerto.
Giselle pensó que no habría mayores complicaciones.
Sin embargo, la actual frialdad de Fabio la llenaba de dudas.
Durante su intento de sondearlo, Fabio captó el punto clave de su discurso con agudeza.
—¿Cómo sabes que le pasó algo al doctor? —le preguntó sin alterar su expresión—. ¿Qué le pasó exactamente?
—Yo... yo solo escuché rumores. Al final de cuentas, fue él quien me operó, así que es natural que me lleguen noticias si algo le ocurre —respondió Giselle tensa, apresurándose a explicar.
Pero no estaba segura de si Fabio le había creído.
El simple hecho de que él mencionara el tema la llenaba de pánico.
La actitud de Fabio ante sus palabras era inescrutable.
Bajó la mirada y apretó el puño dentro del bolsillo del pantalón.
Recordó cómo Giselle, en un supuesto descuido, había mencionado que el accidente de Vanesa había sido un atropello.
Justo lo que ocurrió hace años durante el traslado al Centro Penitenciario de Jalapa.
En su momento, él se aseguró de bloquear toda la información sobre el caso.
Incluso los presentes en la escena apenas tenían los detalles.
¿Por qué Giselle lo sabía con tanta precisión?
A pesar de esto, Fabio le había ordenado a Carlos investigar.

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