De repente, la niña abrazó a Vanesa y se acurrucó contra ella: —Vane, a veces de verdad siento que tú eres mi mamá.
Esas palabras le hicieron un nudo en la garganta a Vanesa.
Porque en el fondo, ella era la verdadera madre biológica de Paz, pero no podía decirle nada.
Con su propio estado mental al límite, apenas lograba cuidarse a sí misma, mucho menos a una niña.
El dolor en su pecho se agudizaba cada vez más.
Pero, frente a Paz, siguió mostrándose tierna y paciente.
—Porque Paz y yo somos las mejores amigas del mundo —le dijo, ocultando cualquier rastro de tristeza en su rostro.
Paz la miró con una sonrisa.
La mirada de Vanesa también descansó sobre la pequeña.
—Vane, cuando tengas tus propios hijos, ¿seguirás siendo igual de buena conmigo? —le preguntó Paz, apoyando la barbilla en sus manitos.
Vanesa fue sincera: —Nadie podrá reemplazar jamás el lugar que tienes en mi corazón. Siempre seremos las mejores amigas, para toda la vida.
—Está bien, Vane. Con que me digas eso, ya me doy por servida. Puedo aceptar lo que sea —respondió Paz, sonando como si fuera una señora mayor y sabia.
Vanesa no pudo resistirlo y la abrazó con fuerza.
Le ardían los ojos de tanto contener las lágrimas.
Apretó los dientes con todas sus fuerzas para no echarse a llorar ahí mismo.
Porque Vanesa sabía que Paz entendía muy bien su propia condición médica.
La niña también sabía que la cirugía programada para sus 6 años no tenía el éxito garantizado.
Por eso Paz luchaba con tantas fuerzas por vivir cada día.
Incluso, sus palabras recientes sonaban a una especie de despedida prematura.
Era evidente que la salud de Paz iba en declive.
Las visitas al hospital eran cada vez más constantes.
Además de las advertencias que le habían dado los doctores.
Cada palabra era una punzada de terror para Vanesa.
Bajo ninguna circunstancia permitiría que algo malo le ocurriera a Paz.
Pero al enterarse de que Fabio era el único contacto con el profesor Éxers, Vanesa había perdido todo su poder de decisión.

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