Para algo tan sencillo, no había necesidad de pisar el departamento de Fabio Serrano.
Entrar allí encendía todas las alarmas de peligro en la cabeza de Vanesa.
Sin embargo, Fabio se quedó en silencio, mirándola fijamente desde arriba.
Y quién sabe en qué momento, el lugar se había llenado de juguetes.
Paz quedó maravillada al instante.
Se sentó en la sala a jugar, completamente ajena a la guerra fría que se libraba entre los dos adultos.
Bajo la intensa mirada de Fabio,
Vanesa sentía una presión insoportable.
Esa forma en que la clavaba con los ojos le erizaba la piel.
Movió los labios, a punto de replicar.
Pero la voz fría e implacable de él la interrumpió.
—Vanesa, la sopa de ayer la hice yo, así que, dime, ¿dónde planeas comprarla? —le soltó con arrogancia.
Vanesa se quedó de piedra.
Jamás se le cruzó por la mente que él hubiera preparado esa sopa con sus propias manos.
¿En qué momento lo había hecho?
—Las habitaciones del hospital tienen una sala de descanso con una pequeña cocina. Los ingredientes para esa sopa no son difíciles de encontrar —explicó él, como si fuera lo más normal del mundo.
Ella se quedó sin palabras.
Ahora sí que estaba acorralada.
Se quedó paralizada en su sitio.
Sin saber si avanzar o retroceder.
A Fabio pareció importarle muy poco su dilema y caminó tranquilamente hacia Paz.
—Paz, quédate aquí jugando, iré a prepararte la sopa, ¿te parece bien? —le preguntó con una voz increíblemente dulce.
—Sí —respondió la pequeña, muy obediente.
Luego, Paz volteó hacia la puerta: —Vane, ¿no vas a pasar?
Vanesa entendió a la perfección: Fabio le había lanzado la pelota de nuevo.
Pero, en realidad, ella no tenía ninguna opción real.
Conociendo cómo operaba Fabio, esta era su típica pose de triunfo absoluto.
Vanesa se rindió.
Con Paz adentro, no le quedaba más remedio que entrar.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: EL HOMBRE POR EL QUE LO DEJÉ TODO NUNCA ME AMÓ