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EL HOMBRE POR EL QUE LO DEJÉ TODO NUNCA ME AMÓ romance Capítulo 751

Ambos caminaban y conversaban animadamente.

Paz descubrió que Fabio era como una enciclopedia andante; parecía tener respuesta para todo.

—Fabio, me acabo de dar cuenta de que sabes un montón de cosas, igual que Juli —comentó Paz, mencionando a Julián.

Fabio asintió con suavidad.

—Si estudias con dedicación, algún día sabrás tanto como nosotros.

—De acuerdo. Aunque Julián me dijo que si me gusta estudiar, está bien, pero si no, puedo vivir relajada toda la vida sin hacer nada —respondió Paz, haciendo un pequeño puchero.

Fabio soltó una carcajada profunda.

Tenía razón. La pequeña de los Jiménez no necesitaba preocuparse por su futuro.

La charla hizo que el camino se sintiera corto, y pronto llegaron a la tienda de pollo frito.

Fabio ordenó la comida para Paz, pero cuidó estrictamente las porciones.

—No puedes comer demasiado, ¿entendido? —le advirtió en voz baja.

—Ya lo sé —respondió ella, luciendo completamente satisfecha.

Eligieron una mesa junto a la ventana, en un rincón discreto y alejado de las miradas.

Paz comía con inmensa alegría.

Con sus guantes de plástico puestos, sostenía el pollo frito mientras sus ojos brillaban de felicidad.

—¿Tú no vas a comer? —le preguntó a Fabio, con la boca un poco llena.

Él negó con la cabeza.

—Come tú primero.

A Paz no le importó mucho y siguió disfrutando.

La comida no duró demasiado.

Fabio mantenía la mirada fija en su teléfono, que permanecía en absoluto silencio.

Aparte de un par de mensajes de trabajo del Asistente Medina, no había ninguna otra notificación.

Ni una sola llamada.

Bajó la mirada, sin pronunciar palabra.

¿Acaso eso significaba que Vanesa aún no se había despertado?

Lo lógico sería que, al no ver a Paz, Vanesa se pusiera en contacto de inmediato.

—Fabio, ¿estás esperando que Vane te llame? Seguro que todavía está dormida; en cuanto despierte, me buscará —adivinó Paz al instante.

Fabio asintió, sin molestarse en ocultarlo.

—¿Siempre duerme tanto?

Los paparazzi de Monterrey sabían perfectamente quién era Paz, así que no se atreverían a exponerla sin pensarlo dos veces.

Ese detalle lo mantenía tranquilo.

Sin embargo, al entrar al apartamento con la pequeña, descubrió que Vanesa aún no se había levantado.

Fabio bajó la mirada, su expresión volviéndose indescifrable.

En silencio, llevó a Paz a la habitación de invitados y la acostó en la cama.

La niña no hizo el menor amago de despertar; estaba en su fase de sueño más profundo.

Fabio la arropó con cuidado antes de salir y dirigirse al dormitorio principal.

Tal como sospechaba, Vanesa seguía profundamente dormida.

Él la observó un instante antes de quitarse el traje y ponerse ropa de estar en casa, con movimientos pausados y elegantes.

Sin el menor reparo, se metió en la cama y se acostó a su lado, acompañándola en su sueño.

Fabio no solía dormir la siesta.

Pero, de forma inexplicable, el cansancio comenzó a apoderarse de él.

Su brazo, grande y cálido, rodeó a Vanesa con total naturalidad, atrayéndola hacia su pecho.

Ella se removió un poco de manera instintiva, pero no despertó.

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