Después de la tragedia de su hija, Vanesa, impulsada por una desesperación absoluta, chocó su auto intencionalmente contra Giselle.
En ese instante, solo quería arrastrarla al infierno con ella.
No le importaba en lo más mínimo salir con vida.
Al pensar en eso, el silencio de Fabio se volvió aterrador.
Y sabía perfectamente que aquello era solo la punta del iceberg.
El auto se detuvo frente al hotel.
Fabio se bajó con el rostro sombrío.
Subió a la suite.
Varias veces miró la pantalla de su celular, con el impulso de llamar a Vanesa.
Pero al final, reprimió sus ansias y bloqueó el teléfono.
Era evidente que Vanesa había cortado todo lazo con él.
Y, sin embargo, el que se negaba a aceptarlo era él.
Las posiciones se habían invertido por completo.
Bajó la mirada y se quedó de pie, inmóvil, frente al ventanal de la habitación.
Afuera, la imponente vista nocturna de Bahía Victoria brillaba como siempre.
Se mantuvo estático.
Menos de una hora después, Giselle entró apresuradamente al hotel.
Cuando Fabio la mandó llamar, se emocionó hasta las nubes.
Su primera reacción fue contactar a los paparazzi para que la fotografiaran yendo a su encuentro.
Quería hacer ruido en los medios y demostrar que su matrimonio estaba intacto.
Solo así podría salvar su carrera, que pendía de un hilo.
Además, Giselle no tenía la menor intención de retirarse de la actuación.
Era la forma más rápida de ganar dinero a manos llenas.
A pesar de su entusiasmo, durante el trayecto sintió una extraña inquietud.
No sabía por qué, pero un ligero pánico le encogía el estómago.
Eso la mantuvo inusualmente callada en el camino.
Al llegar al hotel, la prensa ya la estaba esperando.
—Señora Serrano, ¿vino a visitar a su esposo? —preguntaron los reporteros, amontonándose a su alrededor.
—¿Tiene algo de raro que venga a ver a mi marido? Hoy no me tocaba grabar y él estaba en Monterrey, así que vine a verlo —respondió Giselle con una sonrisa deslumbrante.

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