Giselle arrojó el acuerdo de divorcio sobre el escritorio y negó frenéticamente con la cabeza.
—No pienso firmarlo. Fabio, jamás te daré el divorcio —declaró con firmeza.
La mirada de Fabio seguía clavada en ella, densa y oscura.
No se sabía si estaba analizando la situación o pensando en algo más.
Bajo ese escrutinio, Giselle sintió que el alma se le caía a los pies.
Pero hizo un esfuerzo sobrehumano por mantener la compostura.
—No voy a firmar —repitió como un disco rayado.
Tras dar un paso atrás, pareció recordar algo.
Rápidamente, volvió a acercarse a él.
Envolvió sus delgados brazos alrededor del cuello de Fabio con naturalidad.
Giselle era una mujer hermosa, y sus ojos poseían un encanto seductor.
Era el vivo ejemplo de la dualidad entre la inocencia y el deseo.
Vanesa y ella pertenecían a mundos completamente distintos.
En el pasado, Fabio nunca le había prestado verdadera atención a Vanesa.
Simplemente no le importaba.
Para él, Vanesa era alguien que siempre estaba ahí, a su disposición.
Sin importar dónde ni cuándo, ella lo esperaba dócilmente en el mismo lugar.
Y precisamente por esa devoción incondicional, él jamás aprendió a valorarla.
Pero ahora, frente a Giselle, que se ofrecía en bandeja de plata...
A Fabio ya no le interesaba en lo más mínimo.
—Giselle —dijo al fin, pronunciando su nombre con total frialdad.
Ella no se atrevió a responder.
A él tampoco le importó y continuó:
—No hay espacio para negociaciones en este divorcio. Firmes o no, el resultado será el mismo. Y dudo mucho que quieras obligarme a tomar medidas drásticas para conseguir tu firma.
Su voz carecía de emoción, destilando una crueldad palpable.
Giselle dio un paso atrás de forma instintiva.
Fabio, en cambio, avanzó, acorralándola con la mirada.

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