Dentro del apartamento.
Fabio echó un vistazo rápido y fue directo al grano: —Debe ser Santiago. Si no quieres que se quede, díselo tú misma.
Vanesa se quedó callada.
Idiota.
No sabía cuántas veces había insultado a Fabio en su cabeza.
Ni siquiera le dio tiempo de detenerlo; Fabio ya caminaba hacia la puerta.
Rápidamente, abrió.
Santiago entró con su pequeña mochila a cuestas.
Y entonces, tal como había advertido su padre, el niño tosió.
Al escucharlo, el ceño de Vanesa se frunció de inmediato.
Sabía que Santiago padecía el mismo problema que Paz Jiménez: problemas cardíacos y asma.
Algo tan simple como la tos, a veces podía ser fatal para él.
Vanesa ya era incapaz de decirle palabras duras a Santiago, y ahora, al oírlo, se quedó completamente muda.
—¡Tía Vane! —saludó Santiago, algo apenado por no haberla visto en varios días.
—Hola —respondió Vanesa.
Santiago caminó hacia ella y la miró con ojos llenos de ternura.
—Tía Vane, mi papá dice que la casa en la capital aún no está lista, y como no puedo ir a un hotel, solo puedo quedarme aquí por un tiempo. ¿Se puede? —preguntó el niño de manera educada y comprensiva.
No tenía la menor intención de presionarla.
Era absurdamente bueno y obediente.
Ver a Santiago así siempre le recordaba a Paz Jiménez.
Era incapaz de rechazarlo.
Al final, Vanesa soltó un suspiro de resignación y lo miró.
—Está bien —accedió.
Los ojos de Santiago se iluminaron de inmediato mientras la observaba.
—¿De verdad? —preguntó, queriendo asegurarse.
Vanesa asintió.
—¡Qué bien! —celebró el niño, pero inevitablemente volvió a toser un par de veces.
Vanesa le acercó un vaso con agua: —¡Toma un poco!
—Gracias —dijo Santiago.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: EL HOMBRE POR EL QUE LO DEJÉ TODO NUNCA ME AMÓ