—Fabio, en el estudio hay un sofá cama, no habrá problema para que duermas ahí temporalmente —explicó Vanesa sin rodeos.
Fabio asintió, indicando que estaba de acuerdo.
No era estúpido; sabía que no le convenía seguir presionándola en ese momento.
Después de todo, si Vanesa realmente se enfurecía, él sería el mayor perjudicado.
Además, su excusa principal para estar allí era Santiago.
Así que Fabio sabía muy bien cuándo detenerse.
Al verlo aceptar, Vanesa suspiró con ligero alivio.
—Tía Vane, ¿me ayudas con mi tarea? Creo que lo que enseñan aquí en la capital es diferente a lo de Jalapa —le pidió Santiago.
—Claro —aceptó Vanesa sin dudarlo.
Al fin y al cabo, estar con Santiago era mucho mejor que tener que enfrentar a Fabio.
De inmediato, llevó al niño a la habitación.
Se quedó allí, haciéndole compañía mientras él resolvía sus tareas.
Fabio, por su parte, se mantuvo muy silencioso; no se escuchó ningún ruido proveniente de él.
De vez en cuando, el corazón de Vanesa se aceleraba debido a la tensión.
No tenía idea de qué más podría estar planeando ese hombre.
Hasta que Santiago terminó sus deberes, Vanesa lo convenció de bañarse y lo acostó.
Solo entonces salió de la habitación de invitados.
Al salir, se encontró de frente con Fabio.
Su expresión se oscureció al instante.
—Fabio, no seas tan despreciable como para usar a tu hijo como rehén —atacó directamente, sin la menor cortesía.
Él estaba de pie con una mano en el bolsillo; era evidente que también acababa de bañarse.
Cuando Vanesa percibió el suave aroma de su gel de ducha, se quedó congelada.
¡Fabio se había bañado en su baño principal!
—¿Quién te dio permiso de entrar a mi recámara? —le reclamó indignada.
—¿Hay otro lugar para bañarse además de tu cuarto? La habitación de invitados la está usando Santiago, y como ustedes estaban ahí adentro, no era apropiado que entrara a ducharme, ¿o sí? Si esperaba a que salieras para bañarme, ¿no te habrías sentido incómoda? —respondió él, con total calma.
En un instante, Vanesa se quedó sin argumentos.

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