En su juventud, Andrés ciertamente era el nieto que don Fernando siempre llevaba a su lado.
Sin embargo, de un día para otro, Andrés desapareció.
No solo del ojo público, sino que ni siquiera la propia familia Valenzuela pudo encontrar el menor rastro de él.
Eso hizo que todos se sintieran extrañados.
Ahí fue donde Bruno encontró la clave del asunto de Andrés.
—Prefirió a la belleza antes que el poder —se rio Bruno—. Andrés está enamorado de su propia hermana, la hija adoptiva de los Valenzuela.
Fabio lo escuchaba y frunció ligeramente el ceño.
—Pero aquí hay un trasfondo. Esta chica no es del todo adoptada. Ya sabes, a las familias ricas les gusta inventar excusas para traer a sus hijos ilegítimos, siempre y cuando les tengan cariño.
—Así que, cuando este asunto salió a la luz, todo estalló. Pero Andrés no se rindió. Para proteger a la persona que ama, necesitaba encontrar a alguien con quien casarse.
—No importa quién sea esa persona, siempre y cuando demuestre que ha roto lazos con su hermana adoptiva; es todo un teatro para don Fernando.
—Después de todo, si él no obedece, me temo que esa chica no sobrevivirá. Aún hay diferencia entre un heredero legítimo y una hija ilegítima.
Bruno analizó los pros y contras.
Si las cosas se ponían feas, la primera en morir seguramente sería la hija adoptiva, y no Andrés.
Los demás posibles herederos de la familia Valenzuela no daban la talla.
Al final, todo recaería en Andrés.
Y por supuesto, no permitirían que sufriera ningún tipo de percance.
Bajo esa lógica, era muy comprensible que Andrés intentara conquistar a Vanesa.
Al fin y al cabo, Vanesa pertenecía a la familia Urbina.
Sin importar si Vanesa estaba divorciada o no, su estatus como miembro de los Urbina estaba ahí.
Sumado a la situación de Andrés, nadie se opondría a Vanesa.
Además, lo más probable es que Andrés necesitara un hijo.
De esa forma podría actuar sin ninguna preocupación.
—No deja de ser astuto —concluyó Bruno.
Fabio no dijo nada. Había entendido perfectamente las palabras de Bruno.
Que Andrés persiguiera a Vanesa era, en efecto, un movimiento con segundas intenciones.
Aunque Vanesa nunca había hecho pública su identidad familiar.
En realidad, no era un secreto.
Alguien con el estatus de Andrés, al intentar conquistar a una mujer, era imposible que no la investigara un poco.

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