Miriam tomó las dos tarjetas con sorpresa, aún asombrada por la generosidad de su gesto.
A pesar de saber que la familia Sánchez era acaudalada, el hecho de que sacara veinte millones de dólares así como así, la dejó perpleja.
Después de todo, en las casas de los ricos no abundaba el afecto, él debía de tener un cariño especial por su hija como para arriesgarse a ir hasta allí.
El hombre puso de pie, ajustándose el traje con elegancia.
"Dile a Sebastián que mi poder en América del Norte es complejo, por ahora necesito mantener a raya a esas personas, no puedo distraerme. Los diez millones de dólares son solo un anticipo, si mi hija sigue con vida, hasta le podría ceder la familia Sánchez," dijo con firmeza.
Miriam soltó una risita y guardó las tarjetas en su bolso.
"¿Y qué hay de tus dos hijos? Si entregas la familia, ¿qué será de ellos?"e2
Él frunció el ceño, mostrando un destello de desdén en su mirada.
Ningún de sus hijos podía compararse con su hija.
Además, su hija había sufrido demasiado fuera de casa, ¿qué importaba cederle la familia Sánchez?
Solo esperaba que siguiera viva en algún rincón del mundo. Que estuviera bien.
Tras la partida de Jaime, Miriam contempló las tarjetas y finalmente decidió enviarle un mensaje a Sebastián.
*
En Ciudad San José.
Mercedes yacía en la cama, aferrándose con fuerza a las sábanas.
Deseaba con todas sus fuerzas que Wind se encargara de Gabriela, pero su hermano mayor se lo había impedido.
Al despertar de su desmayo, echó un vistazo al chat de Ciudad San José y vio que alguien había dicho que Sebastián y Gabriela ahora vivían juntos.
¡Maldición! Ella no podía permitirlo.
Él era suyo, tenía que eliminar a esa desgraciada.
No quería esperar ni un minuto más, aun cuando su hermano le había prometido encargarse de ella.
Llamó a Wind, con los ojos llenos de rencor.
Luego de darle algunas instrucciones, notó que él estaba distraído y se impacientó.
"¿Acaso no vas a obedecerme? ¡Ve ya! Quiero que muera esta noche, ¡que muera ya!"
Él se arrodilló junto a la cama, reflexionando por un momento antes de preguntarle con cautela.
"Señorita, si hago lo que me pides... ¿podría... besar el dorso de tu mano?"
Ella se tensó, y recordó cuando lo conoció años atrás. En ese momento le habían encomendado protegerla. En aquel entonces, él besó solemnemente su mano, prometiéndole cumplir su promesa.

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