El golpe de Ian llegó con furia, "¡Esto es mejor que lo que le espera a Gabriela! ¡Ahora ni siquiera tienes la oportunidad de ver sus huesos!"
Tan pronto como sus palabras retumbaron en el aire, pareció como si algo hubiera succionado la atmósfera alrededor en un instante.
Sebastián, con una agilidad sorprendente, se abalanzó sobre él y comenzó a golpearlo sin piedad.
Ambos ardían por dentro, la ira que tenían rompía todo a su paso; jarrones y vidrios se estrellaban en pedazos.
El encargado del bar se mantuvo a una distancia prudencial, sin atreverse a intervenir.
Todos sabían que uno era el presidente de la Corporación Sagel y el otro, el heredero de la familia Sánchez.
Luego de unos instantes, Roque tropezó con la escena, soltando un exabrupto al ver a su hermano mayor en plena pelea.e2
Comparado con Sebastián, un animal salvaje desatado, Ian, siempre más civilizado, estaba en clara desventaja.
"¡Dejen de pelear, carajo! ¡Sebastián, maldita sea, qué fuerte golpeas!"
Roque, intentando separarlos, recibió un puñetazo que le dejó un moretón instantáneo en el pómulo.
Sebastián sujetó con fuerza el cuello de la camisa de Ian, sus ojos estaban rojos de furia.
"Si Gabriela está realmente muerta, a Mercedes le espera un destino aún peor. Ya veremos."
Ian se limpió con la punta de los dedos los labios manchados de sangre, y soltó una risa burlona, "Tienes que seguir vivo para verlo, en esta ciudad hay demasiados que querrían verte muerto."
Roque, inmediatamente se interpuso entre ellos, su voz estaba llena de ansiedad.
"¡Paren ya, hermano, Sr. Sagel! No se conviertan en el chiste del círculo social."
Sebastián clavó su mirada en Ian, feroz y sombrío.
Él le devolvió la mirada, igualmente desafiante.
"Sebastián, esa bala que disparaste contra Roque y contra mí, la familia Sánchez no te lo va a perdonar nunca.”
"¿Se han llevado algo?"
"No, nada ha desaparecido. Solo entraron, dieron una vuelta y se marcharon."
Sebastián decidió no preocuparse por ello.
*
En el hospital, Mercedes yacía en la habitación VIP, recordando la bala que Sebastián le había disparado en el hombro, sin poder evitar sentir miedo y dolor.
Pero, de alguna manera, eso la hacía amarlo aún más, como si se hubiera despertado en ella un deseo de conquista. Quería que ese Sebastián se sometiera a ella, que cayera rendido a sus pies.
En aquel entonces, él la miraba con desdén, incluso tuvo la determinación y frialdad de desearle la muerte. Ella no podía evitar preguntarse, si en un futuro él llegara a amarla con una pasión desenfrenada, ¿acaso se arrepentiría de todas las decisiones que estaba tomando ahora?
Tan solo de pensarlo, sentía como si la sangre en sus venas comenzara a hervir con intensidad.
Sus manos se aferraron con fuerza a las sábanas, y en lo más profundo de su mirada podía verse un destello de locura.

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