La tensión en el pasillo del hotel era palpable. Los tres hombres retrocedieron instintivamente ante la presencia intimidante de Emir, pero el joven oficial logró mantener la compostura. Su voz resonó con una firmeza inquebrantable en el reducido espacio.
"La ley se aplica por igual a todos los ciudadanos, sin importar su apellido. Por favor, acompáñenos a la delegación."
El oficial dio un paso adelante, su placa brillando bajo las luces del pasillo. La mandíbula de Emir se tensó, y sus ojos despidieron destellos de furia contenida.
"¡Ni se les ocurra tocarme!" La voz de Emir retumbó contra las paredes mientras apuntaba con un dedo acusador al oficial. "Para que lo sepan, mi padre es Ciro Dávila, actual titular de la Secretaría. Les doy dos minutos para largarse antes de que les arranque esas placas del uniforme."
El gerente del hotel sentía las gotas de sudor resbalando por su espalda. Los rumores sobre el temperamento volátil de Emir Dávila eran legendarios en los círculos sociales. Un hombre de múltiples caras: el perfecto caballero ante la alta sociedad, pero una bestia arrogante con quienes consideraba inferiores. Hoy era testigo directo de esa dualidad.
A pesar del poder que ostentaba la familia Dávila, suficiente para hacer temblar a cualquier funcionario menor, el joven oficial se limitó a esbozar una sonrisa desafiante. "Señor Dávila, en ese caso, me disculpará si debo usar la fuerza."
"¡Inténtalo si te atreves!"
El puño de Emir cortó el aire, dirigiéndose directamente al rostro del oficial. Sin embargo, el movimiento resultó torpe y predecible. Con la gracia de un bailarín entrenado, el policía esquivó el golpe, su cuerpo girando como una sombra. En un parpadeo, las esposas rodearon las muñecas de Emir, el metal frío mordiendo su piel en un recordatorio tangible de su humillación.
Emir observó sus manos aprisionadas mientras su pecho se agitaba con una respiración entrecortada por la rabia. Jamás, en toda su vida privilegiada, había sufrido semejante ultraje.
"Tu nombre," exigió Emir, sus ojos convertidos en rendijas amenazantes.
Con un gesto casual, el oficial señaló la placa sobre su pecho. "Manolo Fierro, a sus órdenes. Si desea presentar una queja o buscar represalias, aquí estaré."

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