El empleado pasó el trapeador con movimientos bruscos sobre el piso de la tienda, maldiciendo por lo bajo mientras intentaba eliminar las manchas que Emir había dejado tras su paso. El olor nauseabundo persistía en el aire, mezclándose con el aroma artificial de los productos de limpieza.
Lejos de ahí, Emir se arrastraba por las calles, sus pasos pesados marcando un rastro irregular en el pavimento. El hambre le retorcía las entrañas y el agotamiento nublaba su mente. Sus ojos inyectados en sangre escudriñaron los alrededores hasta dar con una casa abandonada. El edificio se alzaba como una sombra decrépita contra el cielo nocturno, sus ventanas rotas cual ojos vacíos que parecían observarlo. Sin más opciones, se adentró en aquel refugio improvisado, ignorando los montones de basura que decoraban el suelo como grotescos ornamentos. Sus piernas finalmente cedieron y se desplomó contra una pared, el yeso descascarado arañándole la espalda.
A cierta distancia, un grupo de observadores monitoreaba cada uno de sus movimientos. Rex presionó su auricular, su voz grave resonando en la frecuencia segura. "¿Quieres que lo saquemos de ahí?"
Arlet, con los binoculares firmemente presionados contra sus ojos, contemplaba al hombre destrozado. "No será necesario", respondió con voz controlada.
El cansancio finalmente venció a Emir, arrastrándolo a un sueño inquieto. Sin embargo, su descanso sería breve. La voz de Arlet volvió a sonar en el auricular de Rex, esta vez con un tono que no dejaba lugar a dudas. "Envía a los muchachos."
Unas manos rudas sacudieron a Emir, arrancándolo violentamente de su sopor. La ira se encendió en su interior como una llamarada, pero al abrir los ojos, se encontró rodeado de rostros amenazantes. El miedo apagó su rabia tan rápido como había surgido.
"¿Qué... qué quieren?" tartamudeó, su voz quebrándose.
"Este es nuestro territorio. Aquí se paga por dormir."
"No tengo dinero", murmuró Emir.
"¿Sin dinero? Entonces largo."
La desesperación brilló en los ojos de Emir. "Esperen, les puedo pagar." Su mano se dirigió instintivamente hacia su pecho, buscando la pistola que siempre llevaba consigo. El pánico se dibujó en su rostro cuando sus dedos solo encontraron tela vacía.
"¿Y el dinero?"
"Yo... yo..." Las palabras se atoraron en su garganta.
Los golpes llegaron sin advertencia. El sonido sordo de los puños contra su carne resonó en la habitación vacía. La sangre brotó de su nariz y boca, tiñendo su rostro ya hinchado de un rojo intenso.
"¡Largo!"

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