La máscara rebotó contra el suelo con un sonido hueco que retumbó en la habitación. Un silencio absoluto siguió al impacto mientras los presentes contemplaban, atónitos, el rostro revelado. Las pupilas de Arlet, Maxi, Alexander y los demás se dilataron ante una verdad que sacudía los cimientos de todo lo que creían saber.
Los Mendoza observaban la escena con perplejidad; para ellos, aquel rostro era el de un desconocido, aunque les sorprendió encontrar rasgos tan juveniles en quien había orquestado semejante operación.
"Qué sorpresa tenerlo aquí, presidente Sandell." La voz aterciopelada de Florian Zurita resonó en la habitación mientras sus labios se curvaban en una sonrisa aparentemente afable.
Arlet sostuvo su mirada mientras en su mente destellaba la imagen de una juventud marchita prematuramente. Sus labios se curvaron en una sonrisa que rivalizaba con la de su interlocutor. "Vaya sorpresa me has dado, Aníbal."
"¿Por qué la mataste?"
"Un simple accidente." Florian se encogió de hombros con estudiada indiferencia.
"Hasta hoy no sabía que te gustaba contar chistes."
"Nunca es tarde para descubrir nuevas facetas, ¿no crees? De hecho, permíteme contarte otro, querida Freya." Los ojos de Florian brillaron con un destello de malicia.
"Mejor ahórrate tus bromas de mal gusto." La voz de Maxi cortó el aire, interrumpiendo su discurso.
"¿Acaso el presidente Velasco tiene miedo?" Florian dirigió una mirada oblicua hacia Arlet mientras pronunciaba cada palabra con calculada diversión.
"Déjalo hablar." La voz de Arlet surgió con una calma que contrastaba con la tensión del ambiente.
Florian se encogió de hombros en dirección a Maxi, con un gesto que parecía decir 'ella lo pidió'. "La verdad es que yo no la maté. Fuiste tú."
Aunque Arlet había anticipado esas palabras, no pudo evitar que su corazón se contrajera dolorosamente en su pecho.

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