Los invitados mostraron expresiones de asombro y Arlet habló con calma: "Hoy es mi cumpleaños y también la primera vez que me encuentro con muchos de los amigos de mis papás. Es un día para que nos reconozcamos como familia, súper importante para mí. Pero ellas hicieron todo lo posible para arruinarlo. Si lo hubieran logrado, ¿cómo podría haberme enfrentado a toda la ciudad? ¿De veras creen que con una simple disculpa se borra todo? Si eso fuera, yo también haría lo mismo con los demás cada vez que me pase. Hay un dicho que dice ‘La falta de educación de los hijos es culpa de los padres’. Si ellas pueden actuar así, sin pena ni gloria, sus papás tienen la culpa. No acepto sus disculpas. Si alguien debe disculparse, que sean el señor Carvajal, el señor Cortés y el señor Navarra, no sus hijas."
¡La sala estalló en conmoción! Una disculpa de los jóvenes era una cosa, pero que los mayores se disculparan ante una chiquilla casi en pañales era perder la dignidad y pisotear el prestigio de toda la familia. En las familias de la alta sociedad, lo que más importaba era el prestigio. ¿Cómo no les iba a impactar la demanda de Arlet?
Isabel se sintió ardiente de emoción, pensando que así era como debería ser la vida.
Francisco Carvajal casi se ríe de la ira. Una niña de la escuela pensaba hacerlo disculparse, ¿quién se creía que era?
Diego quedó tan asombrado que casi se le cae la mandíbula, ya que nunca imaginó que su propia hija se atrevería a tanto. Pedirle a los líderes de las familias que se disculparan ante ella, ¿en qué estaba pensando? Entre salvar la dignidad de las familias Carvajal, Cortés, y Navarra y la de su hija, Diego sin dudarlo eligió lo primero.
“Arlet, lo que pasó, pasó. Cuando regresemos, el señor Carvajal y los demás se encargarán de educarlas. Nadie es perfecto, todos cometemos errores.” Dijo Diego con una sonrisa generosa.
Isabel estaba furiosa, hinchando sus mejillas. ¡Esos adultos eran tan hipócritas! A pesar de que su propia hija había sido agraviada, ahí estaba él, fingiendo generosidad.
Arlet rio por dentro. ¿Dejarlos ir? ¡De ninguna manera!
Cuando todos pensaron que Arlet se comprometería y que ahí terminaría todo, una voz profunda y rica entró en los oídos de todos.
“Creo que la señorita Arlet tiene razón. ‘La falta de educación de los hijos es culpa de los padres’, las pequeñas ofensas pueden ser perdonadas con una sonrisa, pero lo de hoy fue demasiado.”

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