El joven quedó petrificado, pues un café y dos pedazos de pastel, resultaban costar novecientos sesenta pesos. Esa era la mitad de su presupuesto mensual para vivir.
La mesera, impaciente, le recordó nuevamente: “Señor.”
El joven sacó su desgastada cartera, buscó aquí y allá, volcando todo el contenido, solo para encontrar seiscientos diez pesos, sin poder hallar ni un centavo más.
“Solo tengo esto.” Dijo el joven, avergonzado y bajando la cabeza.
La mesera no pudo ocultar el desdén en su mirada y le dijo: “En nuestro establecimiento se puede hacer transferencia o pagar con tarjeta.”
“Yo, yo, no tengo dinero en la tarjeta.” Comentó aquel joven.
Las miradas de los otros clientes se posaron en él, llenas de desprecio.
“El resto, cárguelo a mi cuenta.”
Una voz fría y oportuna resonó. Todos voltearon a ver, y sus miradas se fijaron en Arlet. El joven la miró sorprendido, encontrándose con esos hermosos ojos y quedándose completamente desorientado.
“Te devolveré el dinero.” Prometió el joven con seriedad.
Arlet despidió a la mesera con un gesto y le hizo señas al joven para que se sentara frente a ella.
El joven dudó por un segundo antes de tomar asiento. Sacó un bolígrafo de su bolsillo, tomó una servilleta y escribió su nombre y número de teléfono, para luego pasárselos a ella.
“Ese dinero, te lo devolveré tan pronto como pueda. Gracias.”

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Karma