"Sí." Respondió Jonathan González, quien era el jefe de asistentes.
Mientras tanto, Arlet, quien estaba pensando cómo reunir cinco millones, no tenía idea de que casi le roban su lugar.
Belén subía las escaleras con algunas cosas en la mano cuando se encontró con Irene, la cual le preguntó: "¿Qué llevas ahí?"
"Estos son regalos para la señorita Arlet, fueron enviados por la familia Cortés, la familia Carvajal y la familia Navarra. Me pidieron que se los entregara."
La mirada de Irene pasó rápidamente por los objetos en las manos de Belén y se percató de que cada uno de ellos era de gran valor, por lo que ordenó: "Dame eso, dile a Arlet que yo se los guardaré."
Belén titubeó por un momento y la suave voz de Irene de repente se volvió fría cuando cuestionó: "¿Qué? ¿Mis palabras ya no tienen peso?"
"Está bien, señora." Con cierta renuencia, Belén le entregó los objetos.
Justo en ese momento, la puerta del cuarto de Arlet se abrió, y ella echó un vistazo a lo que Irene tenía en las manos.
"Belén, ¿cómo es posible que dejes que la señora me traiga estas cosas?" Dijo Arlet mientras caminaba hacia Irene, quien sonrió y comentó: "Estas cosas son muy valiosas, mejor déjame guardarlas por ti."
"No es necesario. No soy una niña de tres años, si no puedo cuidar estas pequeñas cosas, ¿cómo voy a sobrevivir en el mundo real?" Sentenció Arlet y extendió su mano.
Irene se mantuvo firme y dijo: "No necesitas estas cosas por ahora. Estas pinturas y antigüedades no se pueden dejar por ahí, pues si se dañan, no valdrán nada. A tu padre también le gustan estas cosas, déjalas con él unos días para que las disfrute y después te las devolverá."
Arlet rio suavemente y con una fría luz que brillaba en sus ojos mientras se acercaba a Irene, se inclinó y le susurró al oído: "¿No crees que tu querida hija está viviendo demasiado feliz?"
¡Una amenaza descarada!

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