En el hospital, Erik pasaba todos los días junto a Arlet, y con Isabel, la charlatana, ellos nunca se sentían solos.
Erik estaba chismeando sobre el mundo del espectáculo con Isabel, mientras Arlet escuchaba tranquilamente.
Arlet le echó un vistazo al reloj y miró que ya eran las diez. Según lo habitual, su madre ya debería haber llegado. ¿Cómo era posible que ese día aún no lo había hecho? ¿Acaso había sucedido algo en la casa?
Arlet tomó su celular y le mandó un mensaje a Ingrid, pero minuto después, esta no respondió y ella frunció ligeramente el ceño, ya que cada vez que enviaba un mensaje, su madre casi siempre respondía al instante.
Arlet sintió que algo no estaba bien y rápidamente hizo una llamada, pero nadie contestó del otro lado, por eso ella comenzó a preocuparse e interrumpió a Erik en medio de su charla: “Erik.”
Los dos la miraron, notando su preocupación.
“¿Qué pasa? ¿Te duele algo?” Preguntó Erik con preocupación.
“Voy a llamar al doctor.” Dijo Isabel siguiéndole la corriente.
“No es necesario.” Habló Arlet y luego se dirigió a Erik: “Acabo de mandarle un mensaje a nuestra madre y también llamé, pero nadie contesta.”
“¿Y si se le olvidó el celular? ¿O quizás aún está en casa? Mejor llamemos a casa primero.” Especuló Erik y Arlet se quedó pensativa, pues casi olvida esa posibilidad. De verdad que el preocuparse la hacía perder el norte.
Erik llamó a la casa y preguntó: “Greta, ¿mi mamá está en la casa?”
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