Maxi y Erik intercambiaron miradas mudas, mientras Isabel e Iván palidecían de miedo. Aunque las palabras no iban dirigidas hacia ellos, el aura imponente de Alexander los había asustado hasta el fondo de sus corazones.
Arlet se apresuró a decir: “Alex, fue mi culpa, yo me lastimé sin querer. No tiene nada que ver con ellos. No te enojes.”
Al escuchar la voz suave y dulce de su hermana, el frío en el rostro de Alexander desapareció, y tras sus lentes, sus ojos brillaron con una luz suave y cálida.
“Fue mi descuido.” Maxi asumió la culpa con sinceridad.
“Fue mi error.” Erik rápidamente también admitió su culpa.
Iván miraba a Erik, que parecía un cobarde, y no podía dejar de fruncir el ceño.
Ese Erik, lucía tan diferente del que se veía en el escenario y en la televisión, no se parecía en nada el personaje frío y distante, sino más bien un completo tonto.
“Alex, sabiendo que te ocuparás del asunto de Erik, nos quedamos tranquilos.” Comentó Arlet, pues cambiar de tema siempre era la mejor estrategia.
Mientras tanto, el sonido de las sirenas se acercaba, llevándose a los alborotadores y al responsable del hospital. Una vez que se fueron, la multitud que miraba aquel espectáculo comenzó a dispersarse.
Limpiar la pintura roja que dejaron los causantes del alboroto era, por supuesto, imposible.
Con la policía involucrada, el hospital no tenía más problemas por el momento, pero el internet era otra historia.


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