—El propio don Arturo Hernández envió a alguien para decirnos que toda la familia está invitada a cenar a la Mansión Hernández este fin de semana.
—De acuerdo, entendido.
—¿Qué tal va todo con Enzo? —preguntó Ricardo con una gran sonrisa, evidentemente muy interesado en el avance del compromiso—. Por lo que veo, parece que le has causado una excelente impresión.
—Todo normal.
Si no, ¿por qué le hubiera dicho delante de su propio sobrino que "en el futuro seremos familia"?
Ricardo estaba de excelente humor.—¡Sabía que Enzo estaría feliz contigo! Cuando me habla de ti, siempre tiene una sonrisa en los ojos y usa un tono sorprendentemente amable.
Todo el mundo decía que Enzo era un hombre serio y poco compasivo, pero el Enzo que ella había conocido era culto, gentil y sumamente educado.
Quedaba claro que todos los rumores sobre él eran pura falsedad.
En ese instante, Bianca Valenzuela entró por el recibidor tarareando una de las canciones de moda, marcando el paso con sus tacones.
—¡Papá!
Ricardo aprovechó para contarle también sobre la cena en la Mansión Hernández del fin de semana.
Los ojos de Bianca se movieron rápidamente. Lanzó una fugaz mirada a Felisa y un interés difícil de ocultar apareció de inmediato en sus ojos.
—¿De verdad? Entonces, ¿el asunto entre mi hermana y el señor Hernández ya está decidido?
—Por supuesto —contestó Ricardo con una enorme sonrisa que no podía borrar de su rostro—. El señor Hernández está encantadísimo con tu hermana.
—¡Muchas felicidades, hermana! Vas a unirte pronto a una de las familias más poderosas y te convertirás en la envidiada señora Hernández. Tienes una suerte increíble, atrapaste un partidazo sin el menor esfuerzo. Cualquiera mataría por estar en tu lugar.
El tono amargo en su voz era más que evidente.
Acostumbrada ya a su actitud sarcástica, Felisa simplemente le lanzó una mirada indiferente y no le respondió.
—No te apresures, hija —la consoló Ricardo con tono paternal, sin captar la ironía en las palabras de Bianca—. Tu padre también se va a encargar de buscarte a un joven talentoso y excelente.
Bianca sonrió con desdén en su interior.
Su voz sonaba a súplica: —¿Podrías, por todo el amor que tuvimos, perdonarme y darme otra oportunidad?
Si hubiera demostrado tanta decisión el día en que regresó de Meridiana, quizás ella habría sentido algo de compasión por los tres años que estuvieron juntos, y tal vez incluso habría intentado perdonarlo.
Pero ahora ya era demasiado tarde.
Escuchar esas palabras no provocó la menor reacción en Felisa; su corazón estaba más tranquilo que el agua de un pozo.
—Alfonso, la oportunidad ya te la di y fuiste tú quien no supo valorarla. —Su voz era fría y cortante, sin el menor rastro de la ternura de antes—. En agradecimiento por la ayuda que me brindaste en el pasado, te he dejado la mitad del proyecto de Vento Corp. Con eso queda pagada tu heroica intervención de hace tres años.
—¡Ya lo sé todo! —gritó Alfonso con voz ronca—. Sé que fuiste a ver a la doctora Navarro para tratarte a escondidas, y que ya estás completamente curada...
Felisa llegó al balcón de su habitación y detuvo abruptamente sus pasos.
Bajó ligeramente la mirada, y sus densas pestañas ocultaron la marea de emociones en sus ojos.
—Por lo tanto, el obstáculo que había entre nosotros ya no existe. —La voz de Alfonso cargaba un rayo de esperanza—. Felisa, ¿no decías siempre que querías tener un bebé que fuera solo tuyo? Podemos...

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