—¡No puede ser... esto es imposible! ¡Las credenciales y las patentes que me mostraron eran completamente reales, no pueden ser falsas!
Isabella se arrastró por el suelo hasta aferrarse a las piernas de Alfonso, con la voz cargada de pánico y desesperación.
—¡Alfonso, te juro que no sabía que eran unos estafadores! Yo solo... solo quería demostrar lo que valgo, quería darte resultados, quería que te sintieras orgulloso de mí.
Durante los últimos dos años, ella había permanecido a su lado como su secretaria. En privado, era su amante comprensiva; en el trabajo, su subordinada de mayor confianza.
Todos en la empresa conocían la ambigüedad de su relación, y precisamente por eso, nadie se había atrevido a cuestionar las órdenes que ella emitía en nombre del jefe.
Alfonso miró a la mujer que lloraba a mares a sus pies, y en sus labios se dibujó una sonrisa cargada de un sarcasmo gélido.
—¡Te di un poco de poder y se te olvidó cuál es tu maldito lugar! Tú te harás cargo de cada centavo que se perdió por esta estupidez. Y si no puedes solucionarlo, ¡prepárate para pudrirte en la cárcel!
Esta vez, ella ya no tenía a un bebé como escudo protector. Ya no había forma de evadir la justicia.
—Alfonso, me equivoqué, te lo suplico, perdóname solo esta vez. Te juro que desapareceré, que nunca más me volverás a ver ni te causaré problemas —sollozó Isabella, abrazada a sus piernas, ahogándose en lágrimas.
¡Incluso si la vendieran, su vida no valía cien millones!
—¡Demasiado tarde! —Alfonso no se inmutó; su voz carecía de la más mínima calidez—. Cada quien debe asumir las consecuencias de sus decisiones.
Nadie era la excepción. ¡Ni siquiera él!
...
Durante los días siguientes, Felisa volcó toda su energía en el trabajo.
Supervisó las operaciones en línea, coordinó la logística de las sucursales físicas, definió los diseños principales y organizó la conferencia de prensa para el lanzamiento de la nueva línea de joyería.
Trabajaba sin descanso, en un ritmo frenético pero gratificante.
Sin darse cuenta, llegó el domingo, el día de la cena en la Mansión Hernández.
Ricardo Valenzuela lucía un traje impecable, con una actitud sobria y una presencia imponente.

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